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2.4.18

Dudas

Hoy he visto comentarios de Textualiza y Rubén sobre este concurso y me he dicho, ¿porqué no? Así que venga, ahí va mi primer relato para el concurso.


Dudas

A veces tengo dudas. No son dudas grandes, son dudas pequeñas. Dudas que a apenas merecen ese nombre, pero que están ahí. Dudas que poco a poco erosionan mi seguridad, Dudas que minan mi felicidad. Y, la verdad, eso no me lo puedo permitir. Mi carácter nunca ha sido fuerte —¿Cómo lo llaman? Ah, sí, resiliente─, más bien todo lo contrario, todo lo que pasa me afecta demasiado, incluso me deprime. Así que... no, no puedo permitirme que las dudas me menoscaben. Sobre todo si son dudas absurdas, ridículas.

Y es que las dudas que me asaltan son tonterías, menudencias. A ver, para que se me entienda; ayer mismo, por ejemplo, frente al espejo, me quedé mirando la barba ─por las canas, sobre todo; me tiene preocupado lo de las canas─ y, repentinamente, me surgió una duda: ¿no estaba demasiado larga?, ¿cuántos días habían pasado desde que me la había rasurado por última vez?. A ver, no es que me afeite precisamente a diario. Ni siquiera tengo una rutina clara, ya sabéis, del tipo: los martes y los jueves toca pasarse la máquina. No, nada de eso, de hecho la mayor parte de las veces ni me apuro de verdad, me limito a pasarme el recorta patillas sobre la piel. Sí, sí, ya, ya, ya sé; es un horror, eso no es ni afeitarse ni nada, pero es cómodo y tampoco es que en mi situación sea muy importante, ya sabéis. La cosa, es que, como véis, en realidad, lo de que la barba estuviese algo larga podía ser perfectamente normal. Y, sin embargo, la duda caló rápidamente en mi mente y se quedó ahí, primero como un runrún y luego empezó a oler mal, como una herida infectada.

No podía dejar de pensar en ello. ¿No sería que se me pasaban los días demasiado rápido? Ya sabéis, a veces se nos pasa la vida, así, sin darnos cuenta. Como si los días, de tan aburridos, se mezclasen unos con otros y, así, amalgamados, se saltasen semanas enteras. Semanas robadas a nuestras vidas. Y, claro, esa idea me aterrorizó. Podéis imaginarlo. Semanas perdidas, semanas enteras desperdiciadas, a las que sólo echas de menos porque, de pronto, la barba te parece demasiado crecida.

¿Qué hace falta para pasar desde ese pensamiento al de que todo está fallando? ¿Al de que todo esto está mal? Nada. Muy pronto te puede asaltar la duda de si esas semanas realmente han sido aburridas o simplemente nunca han estado ahí. Y esa duda sí que no me la puedo permitir. Esa no. El procedimiento no es reversible. Una vez que entras en la máquina ya no hay marcha atrás, la ley lo prohíbe. Tus engramas o están el Almacén o en tu cabeza, no pueden estar a la vez en los dos sitios. Es una cuestión de la ética de la transferencia; así que la máquina no deja ni un engrama en tu cabeza —tal vez, ni deja cabeza. Y si uno empieza a dudar de la perfección del Almacén, entonces podría llegar a pensar de que en realidad ha cometido suicidio.