7.7.19

La rendición de Inanna


Me propuso mi amigo Pablo participar en un concurso de relatos 'relámpago'. No había muchos días  para participar pero, al final, mi natural indolencia y la vida que es un poco opresiva, me dejaron exactamente con sólo una tarde para escribir y enviar 'algo'.

Como soy así de gracioso lo quise hacer aún más difícil y le pedí a Pablo que me dijese él mismo la temática, la época, etc, etc... y como él es así me impuso:

"[...] terror y fantasía, pero intenta no hacer la típica fantasía dark al uso, estilo mesopotámico, relato en sentido moderno no en forma bíblica ni de cuento de hadas [...]"

Casi nada. La cosa es que me puse a ello y lo que salió me parece que no quedó nada mal; así que he decidido editarlo un poco y dejarlo aquí en el blog para que lo disfrutéis.



La rendición de Inanna

Se despertó angustiada y sudorosa. Los almohadones no bastaban aquella noche para ocultar lo seca y pedregosa que era aquella tierra. Su esposo roncaba abrazado a su esclava, a la madre de su tan ansiado primogénito. La mujer que ella misma le había entregado para que él tuviese descendencia. La que ahora la apartaba de él. La que la trataba con desprecio.
 
El incienso aún humeaba alejando lo peor de las noches calurosas: el olor. El de su esposo, el de la esclava, el del hijo que habían tenido y el del ganado. El olor de las miles de ovejas que su esposo poseía y que día a día arrancaban lo poco verde que tenían aquellas tierras. Se levantó torpemente, dolorida, y cruzó la penumbra de la tienda hasta poder ver las estrellas. Inanna estaba allí, en el cielo sin nubes que dominaba aquellos lugares, junto a su padre la Luna. Estaba allá arriba juzgándola.
 
«No es tuya esa decisión», le decía y tenía razón. No lo era, ni lo había sido. Aquello ya había sido decidido por los hombres y por los dioses muchos años atrás, cuando vivía en una tierra fértil y verde, cuando el río era más importante que el pozo y su belleza casi no había empezado. Fue entonces cuando su madre la llevó al templo donde pudo aprender todo lo que quiso sobre  los hombres, donde la parte de los Me que hablaban del placer aún se conservaban. Ella nunca los había llegado a ver. No sabía si los Me estaban escritos en arcilla o en papiro o sobre la  piel de un cordero, pero sus enseñanzas, robadas por la misma diosa de la casa de Enki, le habían sido reveladas, por las sacerdotisas y por sus amigas, entre risas y gemidos. Ella, ya entonces, destacaba por su belleza, su habilidad y su inteligencia. Tanto que todos los hombres que visitaban el templo para aplacar su parte más animal entre los brazos de una diosa, no hacían más que repetir su nombre, repetir su nombre con ansiedad. Por eso lo habían decidido, la habían escogido para conocer otros secretos, para transformarla en sacerdotisa, y, de esta forma, habían decido lo que iba a ocurrir aquella noche.
 
«No es mi voluntad», le dijo la diosa. Y ella pensó si realmente no lo era. ¿Acaso no la había hecho nacer más hermosa que las otras criaturas del mundo? ¿Acaso su belleza no la había marcado como poseedora del favor de ella? ¿No había provocado eso que las mujeres del templo le mostraran el resto de los Me, aquellos que hablaban de los secretos de la vida y de la muerte?
 
Le dijeron que ayudaría a las parturientas, que su poder les haría el tránsito más sencillo, menos doloroso y que, sobre todo, en sus manos sobrevivirían, ellas y sus hijos. ¿Cómo iba a negarse a eso? Pero le exigieron un pago a cambio, un pago que en aquel entonces le pareció minúsculo.
 
«Traerás hasta este mundo a aquellos que han sido destinados a no nacer», le dijo su maestra, «y por ello Ereshkigal estará furiosa contigo, toda tu vida; ya que los muertos más queridos por la diosa del Irkall son los niños no nacidos. Ella los aprecia como si fuesen sus propios hijos y los amamanta con sus pechos secos. Tú, con los secretos que te vamos a mostrar, se los arrebatarás y darás a esas almas una oportunidad. Te odiará y sus gidims te perseguirán, te atormentaran susurrando historias terribles cada una de tus noches. Por eso ahora le entregaremos a ella todos tus hijos. Es un pago justo, sobre todo viniendo de ti, que eres hermosa como no se ha visto otra». Aceptó, como ya lo había hecho su muy orgullosa madre. Aceptó como no podía ser de otra forma y los hombres que servían a la diosa del inframundo llegaron e hicieron el ritual que la transformaría en matrona. La profanaron y se llevaron a todos sus futuros hijos en un cuenco de sangre.
 
Pero su maestra se equivocaba. Para la diosa sus hijos no eran suficiente pago. Los gidims la visitaban a menudo. Los veía en las esquinas oscuras, esperando hasta que durmiese, buscando su debilidad. Le llenaban la mente de fracasos, de sangre y de niños muertos. Porque fracasaba. Fracasaba demasiado. A menudo no lograba que dos vidas continuasen en el mundo. En los peores casos, debía decidir quién viviría y los gidims aprovechaban sus dudas para atormentarla. A veces, al despertar, alterada, durante la noche, se preguntaba si aquellos gidims que la perseguían no serían sus propios hijos no nacidos que volvían desde el inframundo para castigarla. Dormía sólo lo imprescindible, aunque así los gidims se hacían más visibles y aparecían incluso a plena luz. Y pasaron años.
 
No era feliz cuando lo conoció a él. Un hombre tan seguro de su fe que despreciaba al resto de los dioses, tanto que pretendía marcharse de la ciudad sólo con su ganado para venerar a su único dios en las soledades de las praderas. ¿Podría ella disfrutar de la libertad de ignorar a los dioses y a los gidims? ¿Vivir con la simpleza de un pastor? Tan atormentada estaba que hizo por conocerlo y cuando descubrió lo mucho que él la apreció, más allá de la pasión que despertaba en el resto de los hombres, cuando descubrió que la falta de duda de él llenaba sus noches de seguridad, decidió conocerlo más. Decidió conocerlo el resto de su vida.
 
«Abandonaste tu misión y muchos, por tu culpa, habitan ahora las estancias de mi hermana», le recriminó Inanna desde el cielo. Lo había hecho, sí, pero había sido tan feliz que no sentía arrepentimiento. Había explorado tierras que nunca habría soñado. Salvajes. Agrestes. Frecuentemente secas y fértiles sólo en arena. Y había visto no un mar sino muchos. La primera vez que se adentró desnuda en el agua de un mar sintió que aquella criatura infinita la acogía y le perdonaba sus pecados. Sólo por esa sensación su vida había merecido la pena. «¿Qué puede saber Tiamat de pecados si no es más que un animal furioso?», se rio de ella la diosa, pero ella la ignoró. ¿Qué podía saber ella de pecados, la que había robado los secretos de los Me emborrachando a su anfitrión? ¿Qué podía saber de los sufrimientos de las mujeres, ella que viviría para siempre y ninguno de sus hijos moriría jamás? 

Lo que iba a ocurrir esa noche era inevitable y ni la diosa la convencería de lo contrario. Lo haría porque necesitaba hacerlo.
 
Volvió a entrar en la tienda y se arrodilló junto a la esclava. Apartó con cuidado, para no despertarla, las telas que cubrían su vientre. Un hermoso vientre oscuro y joven. Los torpes hombres de templo habían necesitado instrumentos de cobre, pero ella, que ya había traído al mundo cientos de almas de hombres, mujeres y animales de todas clases usando sólo sus manos, no necesitaba la burda magia del metal.
 
«No lo hagas, no es correcto», le dijo la diosa justo a su espalda y la estancia se llenó de olor de flores de estío y de fruta demasiado madura. «Ella no lo merece, no te ha hecho nada». Pero si lo había hecho, apartándola de él, de su esposo. «No le quitaré a todos sus hijos, sólo a uno, el que él quiere, mi hijo», le contestó, como si eso resolviese todo, y untó los dedos en aceite sagrado y en su propia sangre.
 
Trazó la forma de Annu, capaz de separar el cielo del océano, poder más que suficiente para separar las carnes y mostrar el interior de las personas. Entre las vísceras estaban sus hijos, muchos, oscuros y hermosos, y de entre todos ella encontró a uno que quiso para sí. «No lo hagas», le insistió la diosa mientras sujetaba con fuerza su mano, «el niño será un pecado, una transgresión de las leyes y él se lo reclamará a tu marido. Le exigirá su vida y tu esposo, que lo ama más que a ti, se lo entregará sobre ese monte que está frente a vosotros. Lo mismo que hace con sus corderos cada vez que él se lo pide. ¿La profanarás a ella y a ti, darás mal uso a mi poder tan sólo para para engendrar un cordero de sacrificio?».
 
La furia la llenó de seguridad y supo que contestarle. «No lo hará», le dijo, «No sé si me ama a mí más que a su dios, tal vez no, pero amará a mi hijo. Lo amará tanto que rendirá culto a otro dios, antes que entregarle su sangre, la sangre de su heredero que es la suya propia». Y sabía que tenía razón en aquello. Inanna le soltó la mano y la dejó hacer. Ella extrajo con ternura el que habría de ser su único hijo y lo abrazó mientras la sangre cubría sus manos, su vientre y sus rodillas.
 
Estaba hecho. «Tendrás tu hijo», le dijo la diosa, «tal vez muera, tal vez viva, pero has de saber que si vive yo lo usaré. Gracias a él todos los hombres del mundo me adorarán y me llamarán virgen. Tú, sin embargo, serás relegada bajo la sombra de este hombre al que has decidido dar descendencia y bajo la sombra de sus hijos y sus nietos. Nadie te recordará. Nadie sabrá tu nombre. Desde ahora quedas liberada de mi poder y de mi servicio.» Y así se apartó de su lado. Ella dejó reposar al futuro nacido en su vientre donde estaría seguro hasta que le llegase el momento.
 
Procuraba limpiarse la sangre cuando la esclava despertó. Al verla supo lo que había ocurrido e intentó golpearla llamándola bruja; pero ella se limitó a levantarse y enseñarle todo lo que era y todo lo que había sido. ¿Qué era aquella esclava frente a todo eso? Nada.
 
La esclava espantada huyó de la tienda. El hijo de la esclava y su esposo seguían durmiendo. Los hombres raramente se enteran de las cosas importantes y nunca se enterarían de lo que había pasado aquella noche. Ella encendió un poco más de incienso, que oculta todo lo desagradable, y, tras recostarse junto a su marido, le acarició la barba.
 
Él, medio en sueños, la reconoció y sonriendo le dijo: «Se te ve hermosa esta noche, Sarai». Ella le besó para callarle y luego le dijo que le llamase sólo Sara, que ya no merecía el nombre de Inanna junto al suyo.

No hay comentarios: