23.9.19

Relato rechazado - Las jornadas de evaluación

Ya puedo subir mi intento de entrar en Pendejhadas:

Las jornadas de evaluación

Tener un puesto de profesora en esta institución es la realización de todos mis sueños. Una mujer, especialmente una perteneciente a una raza sospechosa como la de los djinn, no tiene muchas oportunidades de conseguir un trabajo relevante y bien remunerado. Sobre todo, uno para el que sientes que has nacido, uno que te haga sentir completa y que represente un auténtico reto. Para ser sincera,  adoro estar entre estas paredes. Adoro a los alumnos y a las clases. En ningún otro lugar del mundo se puede disfrutar de tal ambiente de chisporroteante innovación, ni del grado de libertad del que disfrutamos aquí. El evento Montes-Warwovish ha dejado a nuestra sociedad tocada y fuera de estas paredes la magia es algo que la gente teme. Fuera de la Institución todos los no-humanos somos sospechosos por defecto. Así que todo esto es un privilegio. Ser aceptada como profesora de Artes de la Alteración en este rincón protegido por el gobierno, siendo como es, mi piel más azul que el cielo de verano y mis orejas más puntiagudas que las de un elfo, es, sin duda, un regalo de los dioses.

No voy a decir que todo sea perfecto. Eso no. Las djinn somos demasiado similares a las mujeres humanas y somos, en comparación con ellas, algo más voluptuosas. Eso conlleva algunas dificultades al tratar con el profesorado, o más bien, con los hechiceros varones humanos que son la mayoría del mismo. Sé que no es del todo culpa de ellos —los humanos, en especial los varones, son sexualmente muy activos; se nota en eso que apenas hace un millón de años que se bajaron de los árboles— pero acaba por resultar cansado que no aparten nunca los ojos de tu cuerpo a pesar de que lo cubras, capa sobre capa, con prendas amplias de lana áspera. Las mujeres nosferatu del Instituto de Ciencias de Ultratumba no sufren de esos problemas. Las envidio por ello. Sinceramente, después de explicarle por quincuagésima vez a otro de tus compañeros, que sí que te cae bien, que sí que te parece un hombre inteligente e interesante, o, que te ríes de sus chistes porque son, realmente, muy buenos, pero que aun así no tienes interés en comenzar ninguna serie de experimentos de sexo interracial, ni tienes intención de perturbar nuestra decadente sociedad con un matrimonio mixto y unos hijos mitad azules y mitad rositas, acabas por desear que la modificación de la realidad a gran escala no estuviese prohibida desde el Montes-Warwovish. A los varones humanos les convendría un pequeño ajuste que afecte a sus partes más queridas. A todos ellos.

El otro aspecto que no me gusta de mi trabajo en esta institución son las jornadas de evaluación de riesgos. Entiendo la necesidad de tenerlas. A fin de cuentas, tratamos con magia, que es —casi siempre— mucho más peligrosa que la ciencia y tenemos con nosotros a los más talentosos hechiceros y hechiceras de todas las razas conocidas, tanto de entre los vivos como de entre los no-muertos; sin que por eso dejen de ser jóvenes, casi adolescentes, sujetos a las veleidades propias de su edad: amores imposibles, celos, dudas existenciales, así como toda clase de conflictos absurdos entre ellos o con el mundo. Si en alguna parte pudiese ocurrir otro evento catastrófico que pusiese en duda la continuidad de la existencia del Universo sería aquí. Para evitarlo tenemos las jornadas. Cada profesor debe revisar a sus alumnos, uno a uno, siguiendo un procedimiento claramente establecido por el gobierno, siempre atento al muhesómetro —para detectar picos de magia espontánea— y al aletómetro —para verificar la sinceridad del alumno entrevistado—, que tiene el objetivo de detectar alumnos con intención o posibilidad de provocar un desastre místico de envergadura. Es comprensible. Lo es, sin duda, pero en mi caso, que soy la profesora principal de Alteración y además una djinn de amplios poderes, las jornadas de evaluación implican una clase de contacto que intento evitar. Pero es lógico, ¿quién está mejor preparada que yo para lidiar con un ifrit potencialmente peligroso?

El que me tocaba esta mañana, antes del almuerzo, se llamaba Gaith y provenía de las tierras desérticas de Halbarab. De piel roja como el fuego de una fragua, con el pelo ensortijado que les es propio, debía tener unos setenta años, edad en la que, tanto los ifrit como los djinn, apenas se considera que comencemos a estar preparados para asumir nuestras obligaciones con la sociedad. Sus ojos eran amarillos como la arena del desierto, pero con brillos metálicos, con tonos naranjas, casi como si estuviesen hechos de ópalo. Y era tan alto y fornido —características típicas de los ifrit varones— que la túnica oficial de estudiante apenas lograba disimular lo musculado que estaban sus brazos y su pecho. Lo hice sentar frente a mí intentando disimular el profundo desagrado que siento por toda su raza y procedí con la evaluación:

—Veo que su nombre es Gaith —le dije— ¿sin apellidos?
—Los ifrit de Halbarab no los usamos —me contestó. Yo ya lo sabía, pero también sabía que la pregunta le molestaría y de esta forma podía calibrar sus reacciones al tiempo que verificaba el correcto funcionamiento de los dos aparatos de medida— allí consideramos que cada uno es un individuo independiente y único. Así que sólo se usan nombres, ni apellidos ni patronímicos ni ninguna otra clase de designación que nos clasifique.
Eso era cierto sólo ahora, tras el evento, antes los ifrit de Halbarab —como todos los demás de su raza— estaban encadenados a sus objetos de encantamiento y siempre habían sido clasificados por categorías: había habido ifrit de lámpara, de anillo y de templo. Gaith, sin embargo, era lo bastante joven como para no haber conocido aquellos tiempos. Tal vez había nacido libre.
—Está bien, Gaith de Halbarab —dije para recalcar de esta forma una ‘designación’ de esas que tanto decía odiar— veo que está en su tercer año en la Institución y que es alumno de Invocación. ¿Es correcto?
—Lo es.
—Invocación es una especialidad extraña para una persona de su raza.
Eso le molestó.
—¿Porqué todos los ifrit debemos estudiar magia elemental? —contestó— ¿Porqué un ifrit sólo está interesado en quemar cosas y provocar destrucción?
—No —dije muy calmada mientras sentía por dentro cierta satisfacción por haberlo manipulado de forma tan simple—, porque suelen ser los humanos los que muestran más interés en el arte de la invocación. 
—La invocación es la parte de la magia que más me interesa —contestó algo frustrado.
—¿Puedo preguntar la razón?
—Contiene las especialidades que creo que me pueden ser de más utilidad, para mis investigaciones académicas en el futuro.

El muhesómetro no mostraba ningún rastro de actividad mágica y el aletómetro indicaba que sus respuestas eran sinceras, pero no completas. Ocultaba algo importante.

—¿Qué especialidad en concreto cree que le será de utilidad?
—Hay varias… —contestó con clara intención de evitar el tema.
El aparato indicaba con claridad que estaba ocultando muy importante para él, así que me tocaba presionarle un poco más.
—Invocación contiene hechicería de muy diversa clase —le dije—, necesito algo más específico para completar la evaluación.
—¿Esto es realmente necesario, señorita Paw…? 
—Limítese a llamarme profesora —le corté— y claro que es necesario: es su evaluación, si no quedo satisfecha será expulsado de la Institución y puede que incluso investigado por la Comisión de Riesgos.
—Pero… —su frustración me resultaba obvia y el color amarillo intenso del aletómetro confirmaba mi impresión—, profesora, ¿no siente usted que todo esto de las evaluaciones es la forma que tienen los humanos de mantenernos controlados?
—¿Controlados? ¿A quiénes?
—A usted, a mí, a todas las criaturas de naturaleza mágica.
—Esa es precisamente la idea —le dije mientras mantenía la mirada en sus embriagadores ojos que parecían hechos de topacios— el evento demostró… 
—El maldito evento —se quejó el joven ifrit—, cualquier conversación sobre nosotros, los seres mágicos, acaba siempre en el evento Montes-Warwovish, en cómo de muestra el peligro que representamos, que representa cualquier magia que no sea adecuadamente normalizada y canalizada.
—¿No cree que deba ser así? —le pregunté. 
—¿Qué sabemos del evento, en realidad? —me contestó.
—Está todo documentado. Seguro que has tenido una asignatura de…
—Sí —me interrumpió— he tenido ya dos seminarios sobre el evento, por no hablar de las lecturas y trabajos obligatorios sobre el evento de la clase de Historia de la Magia. Créame, profesora, conozco absolutamente todo lo que se ha dicho y escrito sobre ese supuesto acontecimiento.
—¿Supuesto?
—¿Qué nos cuentan? Que el hechicero Montes, intentando aumentar el poder de su asistente encadenado Warwovish, un ifrit, provocó una ruptura de la realidad que borró nuestras restricciones encantadas de la historia, lo que, a su vez, supuestamente, provocó un espiral de caos y destrucción que casi anula toda la creación.
—Eso es lo que sabemos que pasó.
—Y lo sabemos porque…
—Así lo relata Majjima, la única superviviente de todo el evento, que logró restaurar la realidad a duras penas, aunque no pudo lograr que Montes ni Warwovish sobreviviesen.
—Y Majjima era…
—Una djinn, pero seguro que usted ya sabe todo esto. Los djinn somos buenos aliados de la humanidad desde que evolucionaron sobre este planeta. Prácticamente les enseñamos todo lo que saben de magia, y hemos procurado desde entonces que no provoquen un desastre con ella. Majjima era una amiga y colaboradora cercana del hechicero Montes, que por suerte estaba en el laboratorio cuando el evento…
—Y no le parece sospechoso, ¿profesora?
—¿Qué parte exactamente, Gaith?
—Los djinn siempre han sido los amigos de la humanidad, sin embargo, nosotros los ifrit que casi somos la misma raza…
—Señor Gaith, le recomiendo que piense bien que pretende decir…
—¿Qué diferencia hay entre nosotros, profesora? —se atrevió a preguntar— ¿Acaso no somos ambas especies de naturaleza mística, conectada cada una a un par de los elementos básicos de la naturaleza? ¿Acaso no podemos, llegado el caso, disponer de poderes de transformación casi ilimitados? Sin embargo, ustedes han sido los amigos de la humanidad y nosotros peligros que debían ser contenidos y encadenados.
—No puede compararme en serio las cualidades sanadoras del agua con la violencia que representa el fuego —le dije al tiempo que evitaba mostrar mi indignación.
—Cualquier superviviente de un maremoto o de un tornado, creo que opinaría que el agua y el aire pueden ser tan peligroso como el fuego y la lava de cualquier volcán —contestó—. Mire, profesora, aceptemos que el hechicero Montes realmente quería aumentar el poder de sus asistentes encadenados.
—¿En plural? Sólo el ifrit…
—Tal vez es cierto que tuvo éxito —continuó, ignorando mi réplica— y los liberó a los dos. ¿Provocó eso el caos de destrucción que Majjima explica en sus escritos? No podemos saberlo, si ocurrió sería en una línea temporal que la propia Majjima impidió que existiera. Pero, ¿y si no es eso lo que pasó? ¿Y si Majjima sí que manipuló el tiempo pero no para salvarnos de la destrucción sino para hacernos creer que los djinn son los amigos de la humanidad ‘desde el principio de los tiempos’ y los ifrit peligros andantes que sería mejor que estuviesen encadenados? ¿Y si lo que hizo Majjima fue asegurar su libertad y la libertad de todos los de su raza? ¿Y si fue eso lo que realmente pasó, profesora?
—Menudo disparate…
—¿Usted cree? —me preguntó con tono de sorna— Pues yo le encuentro cada vez más sentido. Y, por eso, estudio Invocación. Necesito conocer suficiente magia cronal como para ver por mí mismo el evento Montes.
—Cronal. La magia de manipular el tiempo.
—Eso es.
—Entiendo —le dije secamente— creo que con esto ya tengo material suficiente para completar su evaluación.
—No le gustan mis intenciones.
—Eso ya lo sabrá cuando reciba el informe, Gaith. Ya puede marcharse.
—Sólo busco conocer la verdad. 
—Hemos terminado, por favor, márchese.

Llegué a pensar que se revolvería contra mí; porque el muhesómetro mostraba un claro incremento de la magia elemental de fuego, pero se limitó a resoplar abatido y a marcharse. Por esta clase de cosas odio las jornadas de evaluación. Y no es la primera vez que me pasa. Ya es el décimo ifrit que mando a la Comisión de Riesgos este año; y nueve de ellos han acabado encadenados a máquinas de vapor de las que producen electricidad para la Capital. No les deseo la esclavitud, sinceramente, pero no soporto a estos malditos revisionistas de la historia.

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