18.11.19

Relato Rechazado - Recuerdos podados

Este relato rechazado de hoy es bastante especial. No tenía pensado participar en la convocatoria de Editorial Cerbero sobre realismo mágico por varias razones, la primera porque la mención a lo rural me echaba para atrás, pero la principal es que ahora mismo no me siento con nivel suficiente. Pero, una experiencia personal, que me dejó realmente abrumado (la parte de los árboles secándose) provocaron que el primer borrador de este relato saliese a borbotones de mi interior. El dolor que hay en este relato llevaba demasiado tiempo ahí dentro (y me seguirá acompañando el resto de mi vida), y tenía que sacármelo aunque fuese un poco.

Aún así el resultado no encajaba muy bien con la convocatoria, pero mis betas lo encontraron hermoso y emocionante; así que lo reparé todo lo que supe (siempre con lágrimas, eso sí) y busqué a una correctora para que me ayudase. Pensé que no había quedado mal pero tenía que soltarlo ya porque me estaba quemando por dentro, así que lo envié mucho antes del plazo (mala idea) para soltar esa carga.

Y esa parte funcionó. Desde que lo mandé al concurso he estado francamente mucho más aliviado. El peso nunca se me quitará del todo, pero ahora ya no ahoga tanto. Lo que no funcionó es en la convocatoria y por eso está aquí.

Releyéndolo ahora, tras este tiempo, veo que el comienzo es probablemente demasiado largo, y enrevesado, que hay demasiadas generaciones entre mezcladas, etc. Pero esto no es un relato es un peso que tengo que soltar, así que se queda como está y seguiré caminando algo más liviano.





Recuerdos podados

Hasta el más amable de los árboles puede hacerte daño si no lo tratas con respeto. Me lo enseñaron los almendros que tenía mi padre.

Todo el que lo conociese te dirá que se dedicaba a la música. Había sido un niño prodigio y la gente hacía colas kilométricas para escucharlo tocar. Mi abuelo hacía pegar carteles que lo anunciaban como El niño del Piano en todos los lugares a donde lo llevaba de gira. Mi padre, se encaramaba como podía a aquella cosa y, siempre sonriendo, les demostraba a todos que los milagros eran posibles y que uno había llegado a su ciudad. Estuvieron en todas partes. Incluso en la tele, en el canal nacional, que era el único que había por aquel entonces. Un presentador muy famoso, de prominente bigote, lo anunció con las mismas palabras que mi abuelo: «den un fuerte aplauso a este prodigio: el Niño del Piano». Y la gente aplaudía a rabiar.

Pero los aplausos siempre terminan por apagarse y el hombre adulto no conservó el mismo interés por la fama que tenían el niño prodigio o su padre. Recuerdo cómo mi abuelo contaba lo mucho que la gente admiraba a su hijo, y cuánto se quejaba de que el niño hubiera decidido ignorar sus consejos y recluirse en una vida de profesor de música en la educación secundaria. Pero es que el alma de mi padre no estaba llena de notas y acordes, sino de árboles y fango.

Mi abuelo odiaba el campo, la tierra y el barro: la vida que su padre le había hecho llevar. Odiaba su limitada formación y nunca quiso lo mismo para su hijo. Él, mi abuelo, sí que tenía espíritu de artista; aunque su talento, más que la falta de estudios a la que le echaba la culpa, era limitado y nunca le permitió ir más allá de tocar con la banda municipal. Mi pobre abuelo. Se fue a la tumba enfadado porque su hijo, el genio del piano, se había comprado un pedazo de tierra y estaba plantando árboles frutales. Pero es que mi padre sentía una auténtica conexión con las plantas. Me dijo muchas veces que las escuchaba crecer, que era su música favorita.

Yo no era más que un retaco cuando recogimos la primera cosecha de almendras y quedé fascinado. El almendro es un árbol amable. Carece de espinas y brota cada primavera cargado de flores blancas o rosadas, más preocupado por dar frutos que por dotarse de hojas. Las almendras nacen cubiertas de un revestimiento protector, suave como la piel de un melocotón, que se desprende solo cuando están maduras. Es totalmente diferente a otros árboles, como el castaño, que protegen sus frutos con una corona de espinas. Aun así, puede dañarte si no lo tratas con respeto.
Ya habrían pasado seis años desde la muerte de mi abuelo —aunque todavía se pasaba de tanto en tanto por casa para cerrar de golpe la tapa del piano en protesta por la traición de mi padre— cuando, en nuestra tercera o cuarta cosecha, se me ocurrió que si trepaba al tronco del árbol más grande podría coger las mejores almendras, esas que se quedan demasiado altas. Una vez subido al tronco, vi que más arriba había muchas más almendras gruesas, de forma que subí a ramas más y más altas, que se volvían más y más estrechas. Como podéis imaginar, una de ellas cedió y en mi intento de no abrirme la cabeza contra el suelo le hice mucho daño al árbol; incluso le quebré alguna de sus ramas más sanas. Y, en respuesta, el árbol me hirió a mí. Un tobillo torcido y cientos de arañazos me alejaron de los árboles durante bastante tiempo; y los gritos de mi madre hicieron, que, por primera vez, me apetecieran más los libros que las cabriolas.

Mi abuelo fue el que más apreció aquel cambio en mi comportamiento, y, a veces, me despertaba por las noches con melodías ligeras y nostálgicas tocadas en el piano. Sobre todo, cuando me interesaba por las matemáticas. La música está repleta de matemáticas; o tal vez es al contrario y son las matemáticas las que rebosan música, concordancias, acordes, ritmos y armonías. Antes de su muerte mi abuelo hablaba mucho de fracciones y de cómo los griegos representaron la perfección de la música gracias a ellas.

Las matemáticas se convirtieron en mi asignatura favorita desde el accidente del almendro hasta la adolescencia, momento en el que empecé a encontrarlas demasiado frías. Carentes de vida. Los números, pensaba entonces, no contenían más que puro orden, eran demasiado rígidos para la tormenta que las hormonas fraguaban en mi interior. Así que me lancé a los brazos de la impura química y de la sucia biología, en los que permanecí hasta finalizar la universidad.

Del día que nos dieron los diplomas de Exobiología Aplicada, recuerdo con especial cariño el abrazo de mi padre y el tacto de sus manos callosas de hacer música con la azada y de componer armonías con las tijeras de podar. Lo recuerdo tan bien como la pregunta que me hizo justo después: «¿Y ahora qué quieres hacer?» La maldita pregunta. Todo el mundo quería saber qué iba a hacer el hijo del Niño del Piano, el que había obtenido las mejores notas de la primera promoción de Exobiología Aplicada. ¿Y qué les podía contestar? No tenía ni idea y la responsabilidad de tal decisión me cayó encima como una losa. ¿Qué era lo quería hacer?

Ir a alguna parte del espacio, suponían todos. ¿No habían creado la carrera para eso? Desde que se había confirmado la existencia de vida fuera de la Tierra mediante las observaciones de K2-18b, la inversión en biología exo-planetaria se había disparado y todo el mundo hablaba de salir al espacio, de colonizar otros planetas. Así que todos suponían que eso era lo que yo deseaba, pero, ¿para qué? El espacio me parecía entonces tan estéril como los números y de hecho lo es. Nadie iba a poder viajar hasta K2-18b en mucho tiempo y la mayor parte de nuestro espacio cercano está muerto, perfectamente desinfectado por los rayos de alta energía del Sol. Si alguna vez va a haber vida en otro planeta será porque nosotros la habremos llevado hasta allí con mucho esfuerzo y penalidades.
Al finalizar el día me sentía realmente mareado, no sabía si por el vértigo de mi repentinamente adquirida madurez o por todo el alcohol que había ingerido para intentar olvidarla. Por suerte, el decano de Terraformación me salvó de tener que tomar las riendas de mi vida. Al viejo Shen le apasionaba el futuro de la Humanidad en otros planetas y hacía lo posible por reclutar para su equipo a los mejores de todas las facultades. Dedicar mis esfuerzos a imaginar formas futuras de acortar el tiempo para que Marte se transformase en un lugar al que la humanidad pudiese llamar hogar no era más que un juego para mí, una forma de eludir mis responsabilidades y continuar en la universidad, entretenido con cosas que nunca ocurrirían y que, desde luego, yo no intentaría llevar a cabo.
En el equipo de Shen conocí a mi futura esposa. Si esto lo estuviese redactando un escritor de novelitas románticas o un guionista de series populares seguro que empezaría describiendo su pelo negro tan oscuro como el cielo en el espacio, o sus ojos siempre vivaces, o su extraordinario color de piel que nadie puede describir sin hacer referencia a las mil razas que se habían mezclado allá en su isla caribeña de origen; pero la realidad es que lo primero que conocí fueron sus cálculos y de ellos me enamoré.

El artículo que me pasó mi jefe refutaba todo nuestro trabajo. Demostraba con fórmulas indiscutibles y con números incuestionables que cualquier terraformación requería un tiempo mínimo tan largo que obligaría a un esfuerzo continuado de siglos. Mostraba un problema que nadie más había considerado antes y que tenía que ver con la naturaleza misma de la biología terrestre. El artículo era brillante y destruía el propósito de nuestro grupo. Incluso cuestionaba la utilidad de todos los proyectos mundiales destinados a llevar a la Humanidad más allá de la Tierra. Lo revisé una docena de veces y no encontré ningún fallo ni tampoco ningún aspecto discutible. Había una belleza en aquellos números que yo pensaba que no era propia de las matemáticas. Pero, de todos modos, para mí, sus conclusiones resultaban del todo inaceptables, ya que pondrían de nuevo sobre la mesa la cuestión de qué iba a hacer con mi vida. Así que le mentí al viejo Shen y le dije que el artículo no era tan sólido como parecía, que creía poder encontrar una forma de demostrar que se equivocaba en las conclusiones.

Me costó cinco años de enorme dedicación, así como una pizca de suerte, transformar aquella mentira en verdad. La pizca de suerte fue una bacteria descubierta en Quirón: Mycobacterium Centaurea, aunque todos la llamamos Ozy por la hija de Quirón. Una criatura prodigiosa, capaz de crecer en el vacío expuesta a la radiación solar más intensa. No sabemos de dónde procede Ozy, pero desde luego no es terrestre y el estudio de sus orgánulos nos permitió modificar varios de los agentes terraformadores y acelerar muchos de sus procesos. Logramos así que la adaptación de un lugar como Marte se pudiese realizar en menos de una generación. Mi futura esposa tenía razón y ninguna biología terrestre podía conseguir una proeza así, no en un tiempo tan breve, pero cuando hicimos pública nuestra línea de agentes de terraformación Fast Flow, nadie se paró a pensar en ese detalle. Su reputación cayó en picado y acabó perdiendo su beca.

Le debo muchas cosas al viejo Shen, pero lo que más le agradezco es que le ofreciese a ella la oportunidad de venir a trabajar con nosotros. Le debo haber sido feliz con la mejor mente que he conocido y le debo una familia de ojos oscuros y piel de color inclasificable. Cuando nos casamos mi padre aún estaba bien, pero ya lo encontré algo raro. Reía y bailaba, pero a ratos mostraba una mirada nostálgica, como la de mi abuelo al final de sus días. Tal vez debería haberme dado cuenta de lo que le pasaba, pero no nos enteramos hasta un año más tarde, cuando mi madre nos llamó: «Es el mismo tumor que el de vuestro abuelo. Nos han dado unos diez meses». Para aquel cáncer no había cura, ni tampoco la hay ahora.

Diez meses es un tiempo demasiado breve cuando tu rutina consiste en ver cómo el tumor va menguando a tu padre, cómo le borra la capacidad de hablar, de recordar, o de leer la hora en su propio reloj. Ves cómo caen las hojas del calendario mientras haces llamadas y ruegas para que lo incluyan en alguno de los tratamientos experimentales. No entiendes cómo es posible que ya sea primavera u otoño mientras esperas ansioso a que te den los resultados del enésimo estudio clínico, la enésima resonancia o que te expliquen por qué la radioterapia le ha afectado la capacidad de andar.
Visitamos mucho el almendral durante aquellos diez meses porque en aquel lugar era feliz. Allí lo había encontrado cuando regresé de la capital. Miraba uno de sus árboles con la tijera de podar en la mano y me dijo: «Hijo, no sé si es el momento. Me está costando saber qué día es». Lo buscamos en Internet y vimos que sí que era momento de podar. Lloré aquella noche mientras mi esposa me abrazaba. Lloré por el dolor de mis manos no acostumbradas al trabajo pesado y lloré porque mi padre me había preguntado si era el momento de sanear los árboles doce veces durante la tarde.
Cuando ya casi no podía moverse y su sistema inmunitario se había debilitado tanto que llevarlo a la parcela suponía demasiado riesgo intenté entretenerlo en casa, con sus otras pasiones. Lo sentaba al piano y le obligaba a enseñarme lo que nunca me había interesado. «Tu abuelo estaría contento», me decía cuando yo hacía como que había aprendido algo de música. Y lo cierto era que lo estaba. Mi abuelo se paseaba todas las noches para acariciar el piano, y me visitaba cuando no podía dormir para decirme que me animase, que luego todo era más fácil, y que la muerte no importaba tanto. Pero la música ya no era el mundo de mi padre, así que cuando se acabó la última tanda de radio y de quimio, lo llevamos todas las tardes a su parcela. Lo sentábamos bien abrigado en su silla favorita y toda la familia hacía como que nos apasionaba cultivar. Hasta el abuelo se esforzaba por andar por allí con buena cara y nos explicaba los consejos de su padre, esos que había procurado olvidar. Pero mi padre seguía empeorando. «Me cuesta recordar tu nombre», me decía, «este cabrón me está podando los recuerdos». Y yo lloraba cuando él no me veía.

Una tarde simplemente se apagó. Lo encontró mi madre sentado en su silla con la boca abierta, ya sin mirar a ninguna parte, ya sin tener que esforzarse en recordar nada más. Mi madre no lloraba, solo le acariciaba la cabeza calva por la quimio y le decía que ya se había acabado, que ya no habría más dolor y que podía descansar.

Ver a todo el mundo que vino a su velatorio nos ayudó un poco. Mucha más gente de la que pensábamos aún lo recordaba y lo amaba. Lo incineramos, pero mi madre se negó a que sus cenizas acabasen esparcidas por un campo santo anónimo. Todavía las guarda en casa, sobre el piano. Le dije a mi esposa que tenía que quedarme un tiempo con mi madre, que estaba muy sola y que aún quedaba mucho papeleo por hacer, pero en realidad era yo el que necesitaba aquel tiempo. Le dije que regresase ella al trabajo, le mentí diciéndole que yo estaría bien. Hay quien asegura que cuando se muere uno de tus padres es cuando realmente alcanzas la madurez, pero yo no me sentía maduro, me sentía como un niño imprudente que se sube a ramas demasiado finas y recibe un castigo inesperado.
Como muchas otras veces, me concentré en lo que había que hacer para poder ignorar que no sabía lo que quería hacer. Me convertí en un eficiente gestor de pruebas de vida, registros de propiedad, valoraciones de mercado e impuestos. Mi madre y yo hicimos todos los papeles de la herencia, que son muchos. También deberíamos haber cuidado de los árboles y de la parcela, pero cada vez que íbamos y veíamos cómo la hierba se iba tragando todo lo que mi padre había amado nos entraba la angustia y, poco a poco, distanciamos las visitas hasta que casi dejamos de ir.

Al principio, las herramientas de mi padre, acostumbradas a trabajar día a día, lucharon por su cuenta y las encontrábamos abandonadas entre la hierba, derrotadas por carecer del apoyo de una mano firme y encallecida. La última en dejar de escapar de la casita de herramientas fue la vieja azada, la favorita de mi padre, de mango desgastado y hierro oxidado. La encontré junto a los almendros, apoyada sobre uno de los troncos, completamente exhausta. La guardé y ya no regresamos en más de un año.

Shen me había pedido que volviese. Se sentía viejo y quería que yo me hiciese cargo del departamento. Le dije varias veces que se lo ofreciese a mi esposa, que era mejor que yo, y al final, tras muchas quejas, lo hizo. Era lo correcto y lo más adecuado. Con la brillante mente de mi mujer a cargo, el equipo despegó como nunca antes y Fast Flow se transformó en la base de todo el proyecto de terraformación de Marte financiado por la Comunidad Europea.

Trabajé con ella unos meses. Había tanto que hacer. Las primeras sondas con nuestro Fast Flow ya habían llegado al planeta rojo y ella necesitaba todos los ojos y todas las mentes para vigilar lo que ocurría allí. A los gobiernos les habíamos dicho que nuestros agentes terraformadores habían pasado todas las pruebas posibles, que se propagarían como una plaga por el suelo salino de Marte y liberarían cantidades ingentes de gases; primero dióxido de carbono y luego de oxígeno. Les habíamos asegurado que no había nada de qué preocuparse, pero eso no era del todo exacto. ¿Mezclar genética terrestre con una bacteria encontrada en un centauro con una biología de procedencia desconocida? Nada sugería que pudiese haber problemas, pero nada aseguraba que no fuera a producirse algún desastre. Además, los gobiernos necesitaban algo más impresionante que enseñar a sus votantes. Un manto de bacterias parduzcas y pegajosas sobre el suelo de Marte no quedaba muy bien en las fotos. Necesitábamos algo más, algo que pareciera una planta, unos tallos verdes de esperanza. Estuve pegado a todos los informes, mirando todas las medidas, imaginando posibles mejoras durante meses, hasta que mi madre me llamó y me dijo que la parcela de mi padre estaba muy descuidada, que los árboles no tenían buen aspecto.

Y tenía razón. Lo que encontré al llegar allí me asustó y me enfadó a partes iguales. El lugar estaba irreconocible. Un manto de malas hierbas secas lo cubría todo y se elevaba casi hasta mi cintura; pero lo peor eran los almendros. Había sido un verano sin lluvias y nadie había recogido la cosecha. Las almendras estaban negras, consumidas por alguna clase de hongo. Los árboles casi no tenían hojas y las ramas nuevas se veían secas y quebradizas. Los árboles de mi padre se morían. Era casi como si él volviese a morirse de nuevo y la culpa me provocó una especie de ira irracional, enfocada contra las hierbas, contra la tierra, contra los propios árboles. ¿Cómo podían hacerme esto? No los había descuidado ni un año, ¿y ya se morían? Desplegué las mangueras. Empecé a desbrozar hierba con una hoz herrumbrosa. Y me dispuse a arrancar de los árboles lo que les quedara de cosecha sana, aunque tuviese que zarandearlos o arrancarles las ramas. Fui muy malo con ellos y me castigaron.
Tres días estuve allí, preso de una especie de locura, bajo el sol abrasador del final de agosto hasta que, con el cuerpo lleno de arañazos y las manos cubiertas de rozaduras y ampollas, me desmayé por el cansancio y el calor. Me desperté bajo el más viejo de los árboles que, justo en ese momento, dejó caer uno de sus frutos. Una almendra gorda y sana, de un perfecto color canela. La cogí entre mis dedos y la miré satisfecho. Sólo entonces me di cuenta de que tenía los dedos ensangrentados, los brazos cubiertos de postillas alargadas y lo que parecía un corte de la hoz en una de las piernas.
La naturaleza me había vencido, iba a llevarse a mi padre, a su obra y yo no podía evitarlo, no sin matarme en el intento. Aquello no era lo mío. Llamé a mi madre y le dije que no podía hacerme cargo de la parcela, que lo mejor sería vendérsela a alguien, preferiblemente a alguien que quisiera cuidar de unos almendros; y ella lo acepto mejor que yo mismo. Luego me duché en casa y me volví a la capital, con mi esposa, con una almendra gorda y sana de un perfecto color canela en el bolsillo y sabiendo qué era lo que quería hacer con mi vida. Ella no lo comprendió, al principio, cuando entré en su despacho y la puse sobre su mesa. «¿Quieren algo más?», le dije, «Vamos a darles un bosque de almendros».

Y lo hemos hecho. Me gusta sentarme aquí, bajo la cúpula verdosa del invernadero, observando las abejas que hemos traído para polinizar nuestros árboles. Son más altos y estilizados que los terrestres, y su color tampoco es igual. Tuvimos que retocar un poco los pigmentos fotosintéticos para mejorar la eficiencia bajo este cielo, pero están sanos y repletos de flores. Mi padre los adora. Anda de aquí para allá observando los brotes nuevos junto a sus nietos y sus biznietos. Me gustaría que le hubiesen traído su viejo piano hasta aquí, pero me ha dicho mi esposa que no llegará hasta dentro de tres semanas, junto con las cenizas de mi madre. Hasta el abuelo sonríe al ver la cara de su padre estampada en los cartones del Turrón de Marte que enviamos a todas las colonias. Creo que sonríe porque al bisabuelo no le gustaba el turrón.

Nos va bien y mi esposa, la caribeña de mil razas, sigue creando árboles mejores, más productivos y resistentes. Me sigue amando, creo, pues me abraza todas las tardes, a pesar de que haya veces que no consigo decirle nada. Pero lo mejor es ver a mi padre sonreír todo el tiempo. Tenerlos a los dos conmigo me hace feliz, a pesar de todo. Tan sólo me gustaría poder recordar sus nombres.

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