24.12.19

Hoy cumplo 49... y en el 2020 los 50.

Hoy cumplo cuarenta y nueve, o lo que es lo mismo, en este año que entra cumpliré los cincuenta. 

2020. Quién hubiera dicho que las cosas iba a ser como son ahora cuando tantas cosas iban a pasar mucho antes: el viaje en el tiempo en 2015, replicantes y coches voladores en el 2019, robots domésticos, naves espaciales, colonias en otros planetas... Por no hablar de que ya sólo faltarían nueve años para que la mayor Motoko Kusanagi ande por ahí con un cuerpo completamente artificial.

Claro que la verdad es que sí que tenemos muchas otras cosas positivas esperadas y no esperadas: fábricas y almacenes completamente automatizadas, una red global de conocimiento que no para de crecer, computación cuántica, clonación, tratamientos médicos que podrían ser personalizados, IAs capaces de pintar como pintores fallecidos o de crear fotos indistinguibles de unas reales de personas que jamás han existido, increíbles avances en biología y ciencia de los materiales.

Supongo que el mundo tiende a ser menos brillante y espectacular como lo podemos imaginar, aunque mucho menos dramático y espantoso como se muestra en nuestras pesadillas. Yo viví una infancia en la que parecía seguro que una guerra nuclear nos barrería de la historia, o que una pandemia mortal destruiría la civilización; cosas ante las que la actual fiebre 'zombie' parece un terror de opereta. Nada de eso ha ocurrido ni parece que vaya a ocurrir (sí, los zombies tampoco); así que alegrémonos por los terrores que hemos superado en lugar de lamentarnos por la gloria que no hemos alcanzando. No tendremos robots domésticos a los que saludar al entrar en casa, pero al menos tenemos cucarachas aspiradoras que sirven de entretenimiento para nuestros gatos.

En cuanto a mí, no voy a negaros que las décadas se notan y mucho, y a veces me recuerdo a mi viejo personaje del EVE, el de la cara seria que os he adjuntado arriba a la izquierda; pero cuando me pongo a escribir se me quitan todas las añoranzas, los arrepentimientos y casi que los dolores.

Repasemos un poco mi 2019. La verdad es que ha sido bastante menos productivo que el 2018, sobre todo porque este año he abandonado (espero que temporalmente), mi actividad en ficción interactiva. Supongo que el final de las Sillyberrys, me ha dejado un tanto alejado de todo eso de la literatura no lineal y exploratoria. Mis actividades (que, sinceramente me parecen pocas para todo lo que había prometido) este año han sido:
  • Reordenar este blog creando secciones con relatos, libros, información sobre ficción interactiva y sobre el nanowrimo, que creo que buena falta le hacía.
  • Escribir cuentos, incluyendo unos cuantos para varias convocatorias de antología. En algunas entré y en otras no:
  • Participar en la antología de 'Ni en un millón de años'. Donde no sólo escribí tres de los relatos, sino que ayudé a la corrección de los demás y, en general, colaboré en parte de la existencia de la antología.
  • He escrito el primer borrador de 'Virgins 61' que la verdad es que me ha gustado mucho, aunque aún no sé si saldrá una novela de verdad de ahí o no.
  • Y trabajé en 'Cuentos de Hierro y Pólvora' del mundo de los 'Colonos de Tulgia'. Quería haberos traído hoy la noticia de su publicación, pero se ha retrasado un poco por varios temas, así que tendremos que dejarlo para el año en el que cumpliré cinco décadas. Os dejo con una de las ilustraciones que va a incluir, la de la Niña Flores, de la estupenda ilustradora Cecilia G.F. A la que os recomiendo encarecidamente para cualquier trabajo que podáis necesitar.


18.11.19

Relato Rechazado - Recuerdos podados

Este relato rechazado de hoy es bastante especial. No tenía pensado participar en la convocatoria de Editorial Cerbero sobre realismo mágico por varias razones, la primera porque la mención a lo rural me echaba para atrás, pero la principal es que ahora mismo no me siento con nivel suficiente. Pero, una experiencia personal, que me dejó realmente abrumado (la parte de los árboles secándose) provocaron que el primer borrador de este relato saliese a borbotones de mi interior. El dolor que hay en este relato llevaba demasiado tiempo ahí dentro (y me seguirá acompañando el resto de mi vida), y tenía que sacármelo aunque fuese un poco.

Aún así el resultado no encajaba muy bien con la convocatoria, pero mis betas lo encontraron hermoso y emocionante; así que lo reparé todo lo que supe (siempre con lágrimas, eso sí) y busqué a una correctora para que me ayudase. Pensé que no había quedado mal pero tenía que soltarlo ya porque me estaba quemando por dentro, así que lo envié mucho antes del plazo (mala idea) para soltar esa carga.

Y esa parte funcionó. Desde que lo mandé al concurso he estado francamente mucho más aliviado. El peso nunca se me quitará del todo, pero ahora ya no ahoga tanto. Lo que no funcionó es en la convocatoria y por eso está aquí.

Releyéndolo ahora, tras este tiempo, veo que el comienzo es probablemente demasiado largo, y enrevesado, que hay demasiadas generaciones entre mezcladas, etc. Pero esto no es un relato es un peso que tengo que soltar, así que se queda como está y seguiré caminando algo más liviano.





Recuerdos podados

Hasta el más amable de los árboles puede hacerte daño si no lo tratas con respeto. Me lo enseñaron los almendros que tenía mi padre.

Todo el que lo conociese te dirá que se dedicaba a la música. Había sido un niño prodigio y la gente hacía colas kilométricas para escucharlo tocar. Mi abuelo hacía pegar carteles que lo anunciaban como El niño del Piano en todos los lugares a donde lo llevaba de gira. Mi padre, se encaramaba como podía a aquella cosa y, siempre sonriendo, les demostraba a todos que los milagros eran posibles y que uno había llegado a su ciudad. Estuvieron en todas partes. Incluso en la tele, en el canal nacional, que era el único que había por aquel entonces. Un presentador muy famoso, de prominente bigote, lo anunció con las mismas palabras que mi abuelo: «den un fuerte aplauso a este prodigio: el Niño del Piano». Y la gente aplaudía a rabiar.

Pero los aplausos siempre terminan por apagarse y el hombre adulto no conservó el mismo interés por la fama que tenían el niño prodigio o su padre. Recuerdo cómo mi abuelo contaba lo mucho que la gente admiraba a su hijo, y cuánto se quejaba de que el niño hubiera decidido ignorar sus consejos y recluirse en una vida de profesor de música en la educación secundaria. Pero es que el alma de mi padre no estaba llena de notas y acordes, sino de árboles y fango.

Mi abuelo odiaba el campo, la tierra y el barro: la vida que su padre le había hecho llevar. Odiaba su limitada formación y nunca quiso lo mismo para su hijo. Él, mi abuelo, sí que tenía espíritu de artista; aunque su talento, más que la falta de estudios a la que le echaba la culpa, era limitado y nunca le permitió ir más allá de tocar con la banda municipal. Mi pobre abuelo. Se fue a la tumba enfadado porque su hijo, el genio del piano, se había comprado un pedazo de tierra y estaba plantando árboles frutales. Pero es que mi padre sentía una auténtica conexión con las plantas. Me dijo muchas veces que las escuchaba crecer, que era su música favorita.

Yo no era más que un retaco cuando recogimos la primera cosecha de almendras y quedé fascinado. El almendro es un árbol amable. Carece de espinas y brota cada primavera cargado de flores blancas o rosadas, más preocupado por dar frutos que por dotarse de hojas. Las almendras nacen cubiertas de un revestimiento protector, suave como la piel de un melocotón, que se desprende solo cuando están maduras. Es totalmente diferente a otros árboles, como el castaño, que protegen sus frutos con una corona de espinas. Aun así, puede dañarte si no lo tratas con respeto.
Ya habrían pasado seis años desde la muerte de mi abuelo —aunque todavía se pasaba de tanto en tanto por casa para cerrar de golpe la tapa del piano en protesta por la traición de mi padre— cuando, en nuestra tercera o cuarta cosecha, se me ocurrió que si trepaba al tronco del árbol más grande podría coger las mejores almendras, esas que se quedan demasiado altas. Una vez subido al tronco, vi que más arriba había muchas más almendras gruesas, de forma que subí a ramas más y más altas, que se volvían más y más estrechas. Como podéis imaginar, una de ellas cedió y en mi intento de no abrirme la cabeza contra el suelo le hice mucho daño al árbol; incluso le quebré alguna de sus ramas más sanas. Y, en respuesta, el árbol me hirió a mí. Un tobillo torcido y cientos de arañazos me alejaron de los árboles durante bastante tiempo; y los gritos de mi madre hicieron, que, por primera vez, me apetecieran más los libros que las cabriolas.

Mi abuelo fue el que más apreció aquel cambio en mi comportamiento, y, a veces, me despertaba por las noches con melodías ligeras y nostálgicas tocadas en el piano. Sobre todo, cuando me interesaba por las matemáticas. La música está repleta de matemáticas; o tal vez es al contrario y son las matemáticas las que rebosan música, concordancias, acordes, ritmos y armonías. Antes de su muerte mi abuelo hablaba mucho de fracciones y de cómo los griegos representaron la perfección de la música gracias a ellas.

Las matemáticas se convirtieron en mi asignatura favorita desde el accidente del almendro hasta la adolescencia, momento en el que empecé a encontrarlas demasiado frías. Carentes de vida. Los números, pensaba entonces, no contenían más que puro orden, eran demasiado rígidos para la tormenta que las hormonas fraguaban en mi interior. Así que me lancé a los brazos de la impura química y de la sucia biología, en los que permanecí hasta finalizar la universidad.

Del día que nos dieron los diplomas de Exobiología Aplicada, recuerdo con especial cariño el abrazo de mi padre y el tacto de sus manos callosas de hacer música con la azada y de componer armonías con las tijeras de podar. Lo recuerdo tan bien como la pregunta que me hizo justo después: «¿Y ahora qué quieres hacer?» La maldita pregunta. Todo el mundo quería saber qué iba a hacer el hijo del Niño del Piano, el que había obtenido las mejores notas de la primera promoción de Exobiología Aplicada. ¿Y qué les podía contestar? No tenía ni idea y la responsabilidad de tal decisión me cayó encima como una losa. ¿Qué era lo quería hacer?

Ir a alguna parte del espacio, suponían todos. ¿No habían creado la carrera para eso? Desde que se había confirmado la existencia de vida fuera de la Tierra mediante las observaciones de K2-18b, la inversión en biología exo-planetaria se había disparado y todo el mundo hablaba de salir al espacio, de colonizar otros planetas. Así que todos suponían que eso era lo que yo deseaba, pero, ¿para qué? El espacio me parecía entonces tan estéril como los números y de hecho lo es. Nadie iba a poder viajar hasta K2-18b en mucho tiempo y la mayor parte de nuestro espacio cercano está muerto, perfectamente desinfectado por los rayos de alta energía del Sol. Si alguna vez va a haber vida en otro planeta será porque nosotros la habremos llevado hasta allí con mucho esfuerzo y penalidades.
Al finalizar el día me sentía realmente mareado, no sabía si por el vértigo de mi repentinamente adquirida madurez o por todo el alcohol que había ingerido para intentar olvidarla. Por suerte, el decano de Terraformación me salvó de tener que tomar las riendas de mi vida. Al viejo Shen le apasionaba el futuro de la Humanidad en otros planetas y hacía lo posible por reclutar para su equipo a los mejores de todas las facultades. Dedicar mis esfuerzos a imaginar formas futuras de acortar el tiempo para que Marte se transformase en un lugar al que la humanidad pudiese llamar hogar no era más que un juego para mí, una forma de eludir mis responsabilidades y continuar en la universidad, entretenido con cosas que nunca ocurrirían y que, desde luego, yo no intentaría llevar a cabo.
En el equipo de Shen conocí a mi futura esposa. Si esto lo estuviese redactando un escritor de novelitas románticas o un guionista de series populares seguro que empezaría describiendo su pelo negro tan oscuro como el cielo en el espacio, o sus ojos siempre vivaces, o su extraordinario color de piel que nadie puede describir sin hacer referencia a las mil razas que se habían mezclado allá en su isla caribeña de origen; pero la realidad es que lo primero que conocí fueron sus cálculos y de ellos me enamoré.

El artículo que me pasó mi jefe refutaba todo nuestro trabajo. Demostraba con fórmulas indiscutibles y con números incuestionables que cualquier terraformación requería un tiempo mínimo tan largo que obligaría a un esfuerzo continuado de siglos. Mostraba un problema que nadie más había considerado antes y que tenía que ver con la naturaleza misma de la biología terrestre. El artículo era brillante y destruía el propósito de nuestro grupo. Incluso cuestionaba la utilidad de todos los proyectos mundiales destinados a llevar a la Humanidad más allá de la Tierra. Lo revisé una docena de veces y no encontré ningún fallo ni tampoco ningún aspecto discutible. Había una belleza en aquellos números que yo pensaba que no era propia de las matemáticas. Pero, de todos modos, para mí, sus conclusiones resultaban del todo inaceptables, ya que pondrían de nuevo sobre la mesa la cuestión de qué iba a hacer con mi vida. Así que le mentí al viejo Shen y le dije que el artículo no era tan sólido como parecía, que creía poder encontrar una forma de demostrar que se equivocaba en las conclusiones.

Me costó cinco años de enorme dedicación, así como una pizca de suerte, transformar aquella mentira en verdad. La pizca de suerte fue una bacteria descubierta en Quirón: Mycobacterium Centaurea, aunque todos la llamamos Ozy por la hija de Quirón. Una criatura prodigiosa, capaz de crecer en el vacío expuesta a la radiación solar más intensa. No sabemos de dónde procede Ozy, pero desde luego no es terrestre y el estudio de sus orgánulos nos permitió modificar varios de los agentes terraformadores y acelerar muchos de sus procesos. Logramos así que la adaptación de un lugar como Marte se pudiese realizar en menos de una generación. Mi futura esposa tenía razón y ninguna biología terrestre podía conseguir una proeza así, no en un tiempo tan breve, pero cuando hicimos pública nuestra línea de agentes de terraformación Fast Flow, nadie se paró a pensar en ese detalle. Su reputación cayó en picado y acabó perdiendo su beca.

Le debo muchas cosas al viejo Shen, pero lo que más le agradezco es que le ofreciese a ella la oportunidad de venir a trabajar con nosotros. Le debo haber sido feliz con la mejor mente que he conocido y le debo una familia de ojos oscuros y piel de color inclasificable. Cuando nos casamos mi padre aún estaba bien, pero ya lo encontré algo raro. Reía y bailaba, pero a ratos mostraba una mirada nostálgica, como la de mi abuelo al final de sus días. Tal vez debería haberme dado cuenta de lo que le pasaba, pero no nos enteramos hasta un año más tarde, cuando mi madre nos llamó: «Es el mismo tumor que el de vuestro abuelo. Nos han dado unos diez meses». Para aquel cáncer no había cura, ni tampoco la hay ahora.

Diez meses es un tiempo demasiado breve cuando tu rutina consiste en ver cómo el tumor va menguando a tu padre, cómo le borra la capacidad de hablar, de recordar, o de leer la hora en su propio reloj. Ves cómo caen las hojas del calendario mientras haces llamadas y ruegas para que lo incluyan en alguno de los tratamientos experimentales. No entiendes cómo es posible que ya sea primavera u otoño mientras esperas ansioso a que te den los resultados del enésimo estudio clínico, la enésima resonancia o que te expliquen por qué la radioterapia le ha afectado la capacidad de andar.
Visitamos mucho el almendral durante aquellos diez meses porque en aquel lugar era feliz. Allí lo había encontrado cuando regresé de la capital. Miraba uno de sus árboles con la tijera de podar en la mano y me dijo: «Hijo, no sé si es el momento. Me está costando saber qué día es». Lo buscamos en Internet y vimos que sí que era momento de podar. Lloré aquella noche mientras mi esposa me abrazaba. Lloré por el dolor de mis manos no acostumbradas al trabajo pesado y lloré porque mi padre me había preguntado si era el momento de sanear los árboles doce veces durante la tarde.
Cuando ya casi no podía moverse y su sistema inmunitario se había debilitado tanto que llevarlo a la parcela suponía demasiado riesgo intenté entretenerlo en casa, con sus otras pasiones. Lo sentaba al piano y le obligaba a enseñarme lo que nunca me había interesado. «Tu abuelo estaría contento», me decía cuando yo hacía como que había aprendido algo de música. Y lo cierto era que lo estaba. Mi abuelo se paseaba todas las noches para acariciar el piano, y me visitaba cuando no podía dormir para decirme que me animase, que luego todo era más fácil, y que la muerte no importaba tanto. Pero la música ya no era el mundo de mi padre, así que cuando se acabó la última tanda de radio y de quimio, lo llevamos todas las tardes a su parcela. Lo sentábamos bien abrigado en su silla favorita y toda la familia hacía como que nos apasionaba cultivar. Hasta el abuelo se esforzaba por andar por allí con buena cara y nos explicaba los consejos de su padre, esos que había procurado olvidar. Pero mi padre seguía empeorando. «Me cuesta recordar tu nombre», me decía, «este cabrón me está podando los recuerdos». Y yo lloraba cuando él no me veía.

Una tarde simplemente se apagó. Lo encontró mi madre sentado en su silla con la boca abierta, ya sin mirar a ninguna parte, ya sin tener que esforzarse en recordar nada más. Mi madre no lloraba, solo le acariciaba la cabeza calva por la quimio y le decía que ya se había acabado, que ya no habría más dolor y que podía descansar.

Ver a todo el mundo que vino a su velatorio nos ayudó un poco. Mucha más gente de la que pensábamos aún lo recordaba y lo amaba. Lo incineramos, pero mi madre se negó a que sus cenizas acabasen esparcidas por un campo santo anónimo. Todavía las guarda en casa, sobre el piano. Le dije a mi esposa que tenía que quedarme un tiempo con mi madre, que estaba muy sola y que aún quedaba mucho papeleo por hacer, pero en realidad era yo el que necesitaba aquel tiempo. Le dije que regresase ella al trabajo, le mentí diciéndole que yo estaría bien. Hay quien asegura que cuando se muere uno de tus padres es cuando realmente alcanzas la madurez, pero yo no me sentía maduro, me sentía como un niño imprudente que se sube a ramas demasiado finas y recibe un castigo inesperado.
Como muchas otras veces, me concentré en lo que había que hacer para poder ignorar que no sabía lo que quería hacer. Me convertí en un eficiente gestor de pruebas de vida, registros de propiedad, valoraciones de mercado e impuestos. Mi madre y yo hicimos todos los papeles de la herencia, que son muchos. También deberíamos haber cuidado de los árboles y de la parcela, pero cada vez que íbamos y veíamos cómo la hierba se iba tragando todo lo que mi padre había amado nos entraba la angustia y, poco a poco, distanciamos las visitas hasta que casi dejamos de ir.

Al principio, las herramientas de mi padre, acostumbradas a trabajar día a día, lucharon por su cuenta y las encontrábamos abandonadas entre la hierba, derrotadas por carecer del apoyo de una mano firme y encallecida. La última en dejar de escapar de la casita de herramientas fue la vieja azada, la favorita de mi padre, de mango desgastado y hierro oxidado. La encontré junto a los almendros, apoyada sobre uno de los troncos, completamente exhausta. La guardé y ya no regresamos en más de un año.

Shen me había pedido que volviese. Se sentía viejo y quería que yo me hiciese cargo del departamento. Le dije varias veces que se lo ofreciese a mi esposa, que era mejor que yo, y al final, tras muchas quejas, lo hizo. Era lo correcto y lo más adecuado. Con la brillante mente de mi mujer a cargo, el equipo despegó como nunca antes y Fast Flow se transformó en la base de todo el proyecto de terraformación de Marte financiado por la Comunidad Europea.

Trabajé con ella unos meses. Había tanto que hacer. Las primeras sondas con nuestro Fast Flow ya habían llegado al planeta rojo y ella necesitaba todos los ojos y todas las mentes para vigilar lo que ocurría allí. A los gobiernos les habíamos dicho que nuestros agentes terraformadores habían pasado todas las pruebas posibles, que se propagarían como una plaga por el suelo salino de Marte y liberarían cantidades ingentes de gases; primero dióxido de carbono y luego de oxígeno. Les habíamos asegurado que no había nada de qué preocuparse, pero eso no era del todo exacto. ¿Mezclar genética terrestre con una bacteria encontrada en un centauro con una biología de procedencia desconocida? Nada sugería que pudiese haber problemas, pero nada aseguraba que no fuera a producirse algún desastre. Además, los gobiernos necesitaban algo más impresionante que enseñar a sus votantes. Un manto de bacterias parduzcas y pegajosas sobre el suelo de Marte no quedaba muy bien en las fotos. Necesitábamos algo más, algo que pareciera una planta, unos tallos verdes de esperanza. Estuve pegado a todos los informes, mirando todas las medidas, imaginando posibles mejoras durante meses, hasta que mi madre me llamó y me dijo que la parcela de mi padre estaba muy descuidada, que los árboles no tenían buen aspecto.

Y tenía razón. Lo que encontré al llegar allí me asustó y me enfadó a partes iguales. El lugar estaba irreconocible. Un manto de malas hierbas secas lo cubría todo y se elevaba casi hasta mi cintura; pero lo peor eran los almendros. Había sido un verano sin lluvias y nadie había recogido la cosecha. Las almendras estaban negras, consumidas por alguna clase de hongo. Los árboles casi no tenían hojas y las ramas nuevas se veían secas y quebradizas. Los árboles de mi padre se morían. Era casi como si él volviese a morirse de nuevo y la culpa me provocó una especie de ira irracional, enfocada contra las hierbas, contra la tierra, contra los propios árboles. ¿Cómo podían hacerme esto? No los había descuidado ni un año, ¿y ya se morían? Desplegué las mangueras. Empecé a desbrozar hierba con una hoz herrumbrosa. Y me dispuse a arrancar de los árboles lo que les quedara de cosecha sana, aunque tuviese que zarandearlos o arrancarles las ramas. Fui muy malo con ellos y me castigaron.
Tres días estuve allí, preso de una especie de locura, bajo el sol abrasador del final de agosto hasta que, con el cuerpo lleno de arañazos y las manos cubiertas de rozaduras y ampollas, me desmayé por el cansancio y el calor. Me desperté bajo el más viejo de los árboles que, justo en ese momento, dejó caer uno de sus frutos. Una almendra gorda y sana, de un perfecto color canela. La cogí entre mis dedos y la miré satisfecho. Sólo entonces me di cuenta de que tenía los dedos ensangrentados, los brazos cubiertos de postillas alargadas y lo que parecía un corte de la hoz en una de las piernas.
La naturaleza me había vencido, iba a llevarse a mi padre, a su obra y yo no podía evitarlo, no sin matarme en el intento. Aquello no era lo mío. Llamé a mi madre y le dije que no podía hacerme cargo de la parcela, que lo mejor sería vendérsela a alguien, preferiblemente a alguien que quisiera cuidar de unos almendros; y ella lo acepto mejor que yo mismo. Luego me duché en casa y me volví a la capital, con mi esposa, con una almendra gorda y sana de un perfecto color canela en el bolsillo y sabiendo qué era lo que quería hacer con mi vida. Ella no lo comprendió, al principio, cuando entré en su despacho y la puse sobre su mesa. «¿Quieren algo más?», le dije, «Vamos a darles un bosque de almendros».

Y lo hemos hecho. Me gusta sentarme aquí, bajo la cúpula verdosa del invernadero, observando las abejas que hemos traído para polinizar nuestros árboles. Son más altos y estilizados que los terrestres, y su color tampoco es igual. Tuvimos que retocar un poco los pigmentos fotosintéticos para mejorar la eficiencia bajo este cielo, pero están sanos y repletos de flores. Mi padre los adora. Anda de aquí para allá observando los brotes nuevos junto a sus nietos y sus biznietos. Me gustaría que le hubiesen traído su viejo piano hasta aquí, pero me ha dicho mi esposa que no llegará hasta dentro de tres semanas, junto con las cenizas de mi madre. Hasta el abuelo sonríe al ver la cara de su padre estampada en los cartones del Turrón de Marte que enviamos a todas las colonias. Creo que sonríe porque al bisabuelo no le gustaba el turrón.

Nos va bien y mi esposa, la caribeña de mil razas, sigue creando árboles mejores, más productivos y resistentes. Me sigue amando, creo, pues me abraza todas las tardes, a pesar de que haya veces que no consigo decirle nada. Pero lo mejor es ver a mi padre sonreír todo el tiempo. Tenerlos a los dos conmigo me hace feliz, a pesar de todo. Tan sólo me gustaría poder recordar sus nombres.

31.10.19

Antes escribo...

Ayer escribí una entrada del blog contando las novedades de las últimas semanas y mis planes siguientes. En esa entrada dije:

"[...] Hay otra pequeña colección de cuentos en los que voy a tener la suerte de participar, pero aún no quiero decir nada hasta que hagan el anuncio oficial. [...]"

Pues no ha habido que esperar. Ya está aquí. Bajo el nombre de FrankenTwitter la asombrosa Alicia Gil Pérez ha juntado un buen montón de soberbios escritores y escritoras, así como algunos más cutrecillos como yo (no todo va a ser maravilloso), y ha logrado componer una colección de cuentos cuya inspiración es puro Dadá.

Todo surgió de un twit  que te proponía que tu próximo proyecto de escritura fuese sobre un tema absurdo basado fragmentos de frases que se escogían por tu fecha de nacimiento y la primera letra de tu nombre; algo que no tendría nada de especial, uno más de todas esas locuras aleatorias que rellenan mi TL, si no fuese por la alineación arbitraria de los astros que hizo que Alicia se decidiese a encabezar el asunto y a muchos a apuntarnos.

Como amante del caos y partidario de abrazar la entropía, no puedo estar más contento que ver cómo el resultado del puro azar  construye de nuevo arte. Y si todo eso no os convence deciros que el ínclito señor de las tinieblas y de los dados Santiago Eximeno está en el ajo.

30.10.19

Se acaba octubre

Se acaba octubre y hay muchas cosas que contar. La más obvia es que en dos días empieza el NanoWrimo. Os pondría un enlace a mi página de nanowrimista, pero no encuentro forma de encontrar un enlace público, así que si queréis ver mi información de nanowrimista tendréis que buscarme como 'Johan Paz' y haceros uno de mis 'buddies'. 

Este año no voy a escribir de cara al público porque 61 Virgins me parece que es de los retos más complicados que he intentado hasta ahora, y la verdad no quiero espantaros. Si típicamente dejo reposar una nano dos años sin mirarla en un cajón antes de decidir si merece la pena reescribirla, editarla y probar suerte con ella, tras lo cual tardo un año o dos en darla por 'terminada' (o sea un total de unos cuatro o cinco años) me parece a mí que con 61 Virgins el proceso se va a eternizar.

Aunque representa mi retorno al género que me es más natural (ciencia ficción realista y cercana con algún tinte social) incluye muchos aspectos que van a ser, para mí, completamente novedosos y temas que a los que le tengo considerable respeto (por no decir miedo). Pero, diablos, el año que viene cumpliré cincuenta y ya va siendo hora con que me enfrente a temas realmente complejos.

Pero antes de zambullirme en las pupilas de la chica del gorro verde, han estado pasando cosas interesantes que merece la pena mencionar. Ya habéis podido leer en este mismo blog sobre Ni en un millón de años, un libro de relatos de ciencia ficción en el que me invitaron a participar. Por fin, puedo anunciaros que ya disponemos de versión en papel. Si alguien quiere tener un ejemplar en papel y le resulta demasiado caro, que me contacte por MD en mi cuenta de twitter y probablemente le mande uno de regalo.

Hay otra pequeña colección de cuentos en los que voy a tener la suerte de participar, pero aún no quiero decir nada hasta que hagan el anuncio oficial.

Y aún tengo otra noticia más interesante: el primer libro de los Colonos de Tulgia cumple ahora el margen de cuatro años de rigor desde que lo esbocé, y, tras todas las vueltas que le he dado, va siendo hora de publicarlo. En esta ocasión he contratado a correctores profesionales y estoy muy contento con el resultado. No creo que pueda tener Cuentos de hierro y pólvora listo para mi cumpleaños (esta Navidad), pero seguro que el año que viene (sí, ese en el que cumplo 50) lo podréis tener entre vuestras manos. 

¡Y esta vez con una portada impresionante! 

Pronto sabréis más. A los que vais a participar en el Nano: ¡mucha suerte y ánimo!

14.10.19

'Ni en un millón de años' en Amazon


Probablemente el mejor resumen de cómo se fraguó esta colección de relatos está en este blog. Y no deja de ser un libro raro cuyos escritores incluyen cosas tremebundas como 'ingenieros' o ´físicos'.

¡Horror!

Como dice Paco los ingenieros somos muy tenaces, o diciéndolo de otra forma muy cabezotas y pesados; una vez lanzada la idea de hacer un libro de relatos que nos gustase a nosotros ya no cabía ninguna otra posibilidad que hacerlo.

Y creo que no ha quedado nada mal.

Os animo a leerlo: no es muy caro y el dinero va a ser donado a ONGs, además es posible leerlo gratis por el Unlimited de Amazon. Y como siempre decimos si os agrada, ¡no os olvidéis de dejar una reseña en la entrada de Amazon o, mejor incluso, en la GoodReads!

Y si no os gusta decídnoslo también, que no hay nada que le guste más a un ingeniero que aprender de los errores y ponerse manos a la obra para arreglarlos y que lo siguiente que ocurra sea mejor.

23.9.19

Relato rechazado - Las jornadas de evaluación

Ya puedo subir mi intento de entrar en Pendejhadas:

Las jornadas de evaluación

Tener un puesto de profesora en esta institución es la realización de todos mis sueños. Una mujer, especialmente una perteneciente a una raza sospechosa como la de los djinn, no tiene muchas oportunidades de conseguir un trabajo relevante y bien remunerado. Sobre todo, uno para el que sientes que has nacido, uno que te haga sentir completa y que represente un auténtico reto. Para ser sincera,  adoro estar entre estas paredes. Adoro a los alumnos y a las clases. En ningún otro lugar del mundo se puede disfrutar de tal ambiente de chisporroteante innovación, ni del grado de libertad del que disfrutamos aquí. El evento Montes-Warwovish ha dejado a nuestra sociedad tocada y fuera de estas paredes la magia es algo que la gente teme. Fuera de la Institución todos los no-humanos somos sospechosos por defecto. Así que todo esto es un privilegio. Ser aceptada como profesora de Artes de la Alteración en este rincón protegido por el gobierno, siendo como es, mi piel más azul que el cielo de verano y mis orejas más puntiagudas que las de un elfo, es, sin duda, un regalo de los dioses.

No voy a decir que todo sea perfecto. Eso no. Las djinn somos demasiado similares a las mujeres humanas y somos, en comparación con ellas, algo más voluptuosas. Eso conlleva algunas dificultades al tratar con el profesorado, o más bien, con los hechiceros varones humanos que son la mayoría del mismo. Sé que no es del todo culpa de ellos —los humanos, en especial los varones, son sexualmente muy activos; se nota en eso que apenas hace un millón de años que se bajaron de los árboles— pero acaba por resultar cansado que no aparten nunca los ojos de tu cuerpo a pesar de que lo cubras, capa sobre capa, con prendas amplias de lana áspera. Las mujeres nosferatu del Instituto de Ciencias de Ultratumba no sufren de esos problemas. Las envidio por ello. Sinceramente, después de explicarle por quincuagésima vez a otro de tus compañeros, que sí que te cae bien, que sí que te parece un hombre inteligente e interesante, o, que te ríes de sus chistes porque son, realmente, muy buenos, pero que aun así no tienes interés en comenzar ninguna serie de experimentos de sexo interracial, ni tienes intención de perturbar nuestra decadente sociedad con un matrimonio mixto y unos hijos mitad azules y mitad rositas, acabas por desear que la modificación de la realidad a gran escala no estuviese prohibida desde el Montes-Warwovish. A los varones humanos les convendría un pequeño ajuste que afecte a sus partes más queridas. A todos ellos.

El otro aspecto que no me gusta de mi trabajo en esta institución son las jornadas de evaluación de riesgos. Entiendo la necesidad de tenerlas. A fin de cuentas, tratamos con magia, que es —casi siempre— mucho más peligrosa que la ciencia y tenemos con nosotros a los más talentosos hechiceros y hechiceras de todas las razas conocidas, tanto de entre los vivos como de entre los no-muertos; sin que por eso dejen de ser jóvenes, casi adolescentes, sujetos a las veleidades propias de su edad: amores imposibles, celos, dudas existenciales, así como toda clase de conflictos absurdos entre ellos o con el mundo. Si en alguna parte pudiese ocurrir otro evento catastrófico que pusiese en duda la continuidad de la existencia del Universo sería aquí. Para evitarlo tenemos las jornadas. Cada profesor debe revisar a sus alumnos, uno a uno, siguiendo un procedimiento claramente establecido por el gobierno, siempre atento al muhesómetro —para detectar picos de magia espontánea— y al aletómetro —para verificar la sinceridad del alumno entrevistado—, que tiene el objetivo de detectar alumnos con intención o posibilidad de provocar un desastre místico de envergadura. Es comprensible. Lo es, sin duda, pero en mi caso, que soy la profesora principal de Alteración y además una djinn de amplios poderes, las jornadas de evaluación implican una clase de contacto que intento evitar. Pero es lógico, ¿quién está mejor preparada que yo para lidiar con un ifrit potencialmente peligroso?

El que me tocaba esta mañana, antes del almuerzo, se llamaba Gaith y provenía de las tierras desérticas de Halbarab. De piel roja como el fuego de una fragua, con el pelo ensortijado que les es propio, debía tener unos setenta años, edad en la que, tanto los ifrit como los djinn, apenas se considera que comencemos a estar preparados para asumir nuestras obligaciones con la sociedad. Sus ojos eran amarillos como la arena del desierto, pero con brillos metálicos, con tonos naranjas, casi como si estuviesen hechos de ópalo. Y era tan alto y fornido —características típicas de los ifrit varones— que la túnica oficial de estudiante apenas lograba disimular lo musculado que estaban sus brazos y su pecho. Lo hice sentar frente a mí intentando disimular el profundo desagrado que siento por toda su raza y procedí con la evaluación:

—Veo que su nombre es Gaith —le dije— ¿sin apellidos?
—Los ifrit de Halbarab no los usamos —me contestó. Yo ya lo sabía, pero también sabía que la pregunta le molestaría y de esta forma podía calibrar sus reacciones al tiempo que verificaba el correcto funcionamiento de los dos aparatos de medida— allí consideramos que cada uno es un individuo independiente y único. Así que sólo se usan nombres, ni apellidos ni patronímicos ni ninguna otra clase de designación que nos clasifique.
Eso era cierto sólo ahora, tras el evento, antes los ifrit de Halbarab —como todos los demás de su raza— estaban encadenados a sus objetos de encantamiento y siempre habían sido clasificados por categorías: había habido ifrit de lámpara, de anillo y de templo. Gaith, sin embargo, era lo bastante joven como para no haber conocido aquellos tiempos. Tal vez había nacido libre.
—Está bien, Gaith de Halbarab —dije para recalcar de esta forma una ‘designación’ de esas que tanto decía odiar— veo que está en su tercer año en la Institución y que es alumno de Invocación. ¿Es correcto?
—Lo es.
—Invocación es una especialidad extraña para una persona de su raza.
Eso le molestó.
—¿Porqué todos los ifrit debemos estudiar magia elemental? —contestó— ¿Porqué un ifrit sólo está interesado en quemar cosas y provocar destrucción?
—No —dije muy calmada mientras sentía por dentro cierta satisfacción por haberlo manipulado de forma tan simple—, porque suelen ser los humanos los que muestran más interés en el arte de la invocación. 
—La invocación es la parte de la magia que más me interesa —contestó algo frustrado.
—¿Puedo preguntar la razón?
—Contiene las especialidades que creo que me pueden ser de más utilidad, para mis investigaciones académicas en el futuro.

El muhesómetro no mostraba ningún rastro de actividad mágica y el aletómetro indicaba que sus respuestas eran sinceras, pero no completas. Ocultaba algo importante.

—¿Qué especialidad en concreto cree que le será de utilidad?
—Hay varias… —contestó con clara intención de evitar el tema.
El aparato indicaba con claridad que estaba ocultando muy importante para él, así que me tocaba presionarle un poco más.
—Invocación contiene hechicería de muy diversa clase —le dije—, necesito algo más específico para completar la evaluación.
—¿Esto es realmente necesario, señorita Paw…? 
—Limítese a llamarme profesora —le corté— y claro que es necesario: es su evaluación, si no quedo satisfecha será expulsado de la Institución y puede que incluso investigado por la Comisión de Riesgos.
—Pero… —su frustración me resultaba obvia y el color amarillo intenso del aletómetro confirmaba mi impresión—, profesora, ¿no siente usted que todo esto de las evaluaciones es la forma que tienen los humanos de mantenernos controlados?
—¿Controlados? ¿A quiénes?
—A usted, a mí, a todas las criaturas de naturaleza mágica.
—Esa es precisamente la idea —le dije mientras mantenía la mirada en sus embriagadores ojos que parecían hechos de topacios— el evento demostró… 
—El maldito evento —se quejó el joven ifrit—, cualquier conversación sobre nosotros, los seres mágicos, acaba siempre en el evento Montes-Warwovish, en cómo de muestra el peligro que representamos, que representa cualquier magia que no sea adecuadamente normalizada y canalizada.
—¿No cree que deba ser así? —le pregunté. 
—¿Qué sabemos del evento, en realidad? —me contestó.
—Está todo documentado. Seguro que has tenido una asignatura de…
—Sí —me interrumpió— he tenido ya dos seminarios sobre el evento, por no hablar de las lecturas y trabajos obligatorios sobre el evento de la clase de Historia de la Magia. Créame, profesora, conozco absolutamente todo lo que se ha dicho y escrito sobre ese supuesto acontecimiento.
—¿Supuesto?
—¿Qué nos cuentan? Que el hechicero Montes, intentando aumentar el poder de su asistente encadenado Warwovish, un ifrit, provocó una ruptura de la realidad que borró nuestras restricciones encantadas de la historia, lo que, a su vez, supuestamente, provocó un espiral de caos y destrucción que casi anula toda la creación.
—Eso es lo que sabemos que pasó.
—Y lo sabemos porque…
—Así lo relata Majjima, la única superviviente de todo el evento, que logró restaurar la realidad a duras penas, aunque no pudo lograr que Montes ni Warwovish sobreviviesen.
—Y Majjima era…
—Una djinn, pero seguro que usted ya sabe todo esto. Los djinn somos buenos aliados de la humanidad desde que evolucionaron sobre este planeta. Prácticamente les enseñamos todo lo que saben de magia, y hemos procurado desde entonces que no provoquen un desastre con ella. Majjima era una amiga y colaboradora cercana del hechicero Montes, que por suerte estaba en el laboratorio cuando el evento…
—Y no le parece sospechoso, ¿profesora?
—¿Qué parte exactamente, Gaith?
—Los djinn siempre han sido los amigos de la humanidad, sin embargo, nosotros los ifrit que casi somos la misma raza…
—Señor Gaith, le recomiendo que piense bien que pretende decir…
—¿Qué diferencia hay entre nosotros, profesora? —se atrevió a preguntar— ¿Acaso no somos ambas especies de naturaleza mística, conectada cada una a un par de los elementos básicos de la naturaleza? ¿Acaso no podemos, llegado el caso, disponer de poderes de transformación casi ilimitados? Sin embargo, ustedes han sido los amigos de la humanidad y nosotros peligros que debían ser contenidos y encadenados.
—No puede compararme en serio las cualidades sanadoras del agua con la violencia que representa el fuego —le dije al tiempo que evitaba mostrar mi indignación.
—Cualquier superviviente de un maremoto o de un tornado, creo que opinaría que el agua y el aire pueden ser tan peligroso como el fuego y la lava de cualquier volcán —contestó—. Mire, profesora, aceptemos que el hechicero Montes realmente quería aumentar el poder de sus asistentes encadenados.
—¿En plural? Sólo el ifrit…
—Tal vez es cierto que tuvo éxito —continuó, ignorando mi réplica— y los liberó a los dos. ¿Provocó eso el caos de destrucción que Majjima explica en sus escritos? No podemos saberlo, si ocurrió sería en una línea temporal que la propia Majjima impidió que existiera. Pero, ¿y si no es eso lo que pasó? ¿Y si Majjima sí que manipuló el tiempo pero no para salvarnos de la destrucción sino para hacernos creer que los djinn son los amigos de la humanidad ‘desde el principio de los tiempos’ y los ifrit peligros andantes que sería mejor que estuviesen encadenados? ¿Y si lo que hizo Majjima fue asegurar su libertad y la libertad de todos los de su raza? ¿Y si fue eso lo que realmente pasó, profesora?
—Menudo disparate…
—¿Usted cree? —me preguntó con tono de sorna— Pues yo le encuentro cada vez más sentido. Y, por eso, estudio Invocación. Necesito conocer suficiente magia cronal como para ver por mí mismo el evento Montes.
—Cronal. La magia de manipular el tiempo.
—Eso es.
—Entiendo —le dije secamente— creo que con esto ya tengo material suficiente para completar su evaluación.
—No le gustan mis intenciones.
—Eso ya lo sabrá cuando reciba el informe, Gaith. Ya puede marcharse.
—Sólo busco conocer la verdad. 
—Hemos terminado, por favor, márchese.

Llegué a pensar que se revolvería contra mí; porque el muhesómetro mostraba un claro incremento de la magia elemental de fuego, pero se limitó a resoplar abatido y a marcharse. Por esta clase de cosas odio las jornadas de evaluación. Y no es la primera vez que me pasa. Ya es el décimo ifrit que mando a la Comisión de Riesgos este año; y nueve de ellos han acabado encadenados a máquinas de vapor de las que producen electricidad para la Capital. No les deseo la esclavitud, sinceramente, pero no soporto a estos malditos revisionistas de la historia.

Relato del cuarto de hora - No me va mucho el terror

Como escritor que intento ser tengo una importante limitación. Sobre todo en este país de espanto y tragedias: me aburre el género de terror. Sí, he dicho bien, me aburre. Lo repito: me aburre, me aburre y cuanto más leo del género más me aburre. Sé que es, probablemente, la pata del taburete de la literatura de género más popular en estas tierras, pero a mí me deja frío y no en el sentido adecuado, ya sabéis, de piel marmórea y rincones gélidos en cementerios habitados sólo por ánimas de tiempos pasados incapaces de alcanzar la paz. Me deja frío en el sentido malo, en el del payaso sanguinario que no tiene ni pizca de gracia, el del psicópata que pasa la vida sin que ésta le afecte lo más mínimo, embutido en un chubasquero de impasibilidad salpicado de sangre y de vísceras. Y sé que hay muchas variantes, desde monstruos inhumanos de las profundidades más insondables hasta la casquería más explícita. Pero enfrentado a los primeros sólo puedo plantearme si no da más miedo lo humano que lo inhumano, si no me parece más pavoroso el que abría la espita del gas antes de volver a casa a cenar. Y enfrentado a la más abundante colección de vísceras desparramadas ya sea por zombis descerebrados o por espíritus vengativos deseosos de transfusión, sólo siento algo de repulsión, aunque no tanta como frente a una tienda de casquería real. Sobre todo si pienso en que la hamburguesa que acabo de comer podría estar parcialmente hecha de eso.

No sé que me pasa. 

Tal vez es que no tengo miedos reales. ¿Será eso? No creo que sea tan diferente del resto de los mortales, y aunque es bien cierto que la proximidad de la quinta decena te da una cierta pátina de 'a mí qué me cuentas' para todo, no es posible que no pueda compartir el disfrute del pavor. ¿No? Algún miedo habré de tener. No sé. Algo relacionado con mi experiencia vital, algo atávico que me acojone de verdad debe estar ahí agazapado en algún relato que aún no he encontrado. 

Algo debe de atemorizarme, ¿no? ¿Qué es lo que más me asusta? Tal vez algo de enfermedades. Estar malo nunca me ha parecido agradable. Sí, por ahí debería, seguir. Pero lo peor no sería el dolor, sino perder la cabeza. Sobre todo eso de, la enfermedad esa en la que no consigues... Empieza por 'a'. Estoy casi seguro. Mierda. El rollo es que sabes lo que intentas, o sea las palabras andan ahí, pero no logras... 

Una pena que eso de que te asustes no me acabe de, o sea, que me. Joder. Eso de que dejas de estar interesado. También empieza por 'a'. Creo que lo he escrito arriba, pero no consigo leerlo. Lo he escrito muy raro. Uff.. y muy largo. En cuanto dejen de estar descolocadas las letras del teclado lo busco en eso de google.