24.4.14

44.7

Coro

Hubo un momento en mi vida en la que cambió casi todo. Como ya he dicho era sobre todo un empollón gafotas, uno un tanto demasiado ansioso por hacer lo que era lo correcto, incluyendo presentarse voluntario para aquello que pedían los profesores. Antes de llegar a instituto, un día en el gimnasio del colegio, que era –bueno, y sigue siendo- una especie de nave industrial bastante fea y que fue para mí una especie de lugar de terror, pidieron voluntarios para participar en un grupo de teatro. Tal vez dijeran algo de puntos extra, no sé, no lo recuero, pero podría ser algo que hiciese mi yo de aquel entonces. Fuese como fuese, lo que sí recuerdo es haber levantado la mano presuroso para presentarme voluntario. Aquel gesto lo cambió todo. No era la primera vez que tenía alguna clase de actividad extraescolar ni muchísimo menos.

Por ejemplo, mis padres me apuntaron durante mucho tiempo a atletismo por las tardes. No me extraña. La formación física siempre ha sido mi parte más floja y en la que más flaqueo, como demuestra cómo estoy ahora que nada excepto la salud me llevaría a moverme más. Supongo que para eso soy un vago redomado. Lo cierto es que en aquellas tardes de atletismo aprendí a soportar las críticas, en concreto de los que más odiaban a los empollones gafotas y aprendí a correr. Sí, sé correr adecuadamente, pero no lo hago nunca. La profesora que llevaba aquellas clases de atletismo me tenía en gran aprecio, al parecer era un niño de esos muy esforzado y formalito. Aún tengo un sello en el viejo álbum que ella me regaló, creo que uno sin matasellar de la segunda república. Además en aquellas clases estaba una de las primeras niñas que sí que me interesó. Era… mejor no doy nombres ni apellidos. Era atlética, fuerte, de pelo castaño claro y casi siempre con el pelo recogido en una cola de caballo. Lo de la cola de caballo acabaría transformándose en una constante, y desde luego nunca supo que yo estaba interesado, o que ella fue la primera por la que me interesé realmente. La volví a ver hace no mucho. Casada con hijos y tan cambiada que no la hubiese reconocido si no me hubiesen dicho quién era.

Pero no sólo fueron aquellas clases de atletismo, en el mismo colegio, en aquel barracón que llamábamos gimnasio di clases de defensa personal. Creo que nunca hubo un karateka peor en toda la historia, aunque al menos aprendí a rodar al caer. Alguna vez me llegó a servir. También hubo muchísimos veranos de piscina, incluso alguna competición que otra. No se me daba el crol, nada mal. Y desde luego, estaba el ajedrez.
Empecé a aprender a jugar al ajedrez tal vez con mi abuelo. Pobre abuelo, es del que he heredado el gusto por los juegos de mesa de todas las clases. Luego jugué con muchísima gente, en particular en el colegio, por las tardes, mientras esperaba a que mis padres terminasen, jugaba con el portero del colegio. Tarde tras tarde, fui mejorando en mi juego, sin teoría ni libros hasta que acabé llamando la atención y entonces mereció la pena que me enseñasen la teoría y los libros.

23.4.14

44.6

A veces me he preguntado si mis fracasos reiterados con las mujeres no serán una especie de venganza cósmica por aquél rechazo. Si es así espero que se me aplique la regla Wicca y sólo me castiguen tres veces, porque encima no es la única vez que lo he hecho, y como me castiguen muchas más veces que tres, entonces me temo que moriré solo. Aunque mejor cuento mi segunda tontería más adelante. Volvamos a mis relatos.

Durante la escuela recuerdo con especial gusto las clases de lengua en las que tenía que escribir. Como no. Pero en el fondo no es algo tan obvio, aunque en este contexto pudiese parecerlo. Siempre se me han dado mejor las ciencias, en particular las matemáticas, que las letras. Aun así no se me daban mal, y cuando decidí escoger ciencias, lo que me llevaría a ser ingeniero a fin de cuentas, mis profesores de letras se quejaron. Pero menos mal que lo hice, como ingeniero me voy apañando para ganarme el sueldo, pero mis intentos de publicar cosas sólo me han reportado el dinero para comprar una whopper con patatas. Ya me estoy adelantando muchísimo, otra vez. No recuerdo casi nada de aquellas redacciones que tanto me gustaba hacer, pero sí que recuerdo que los nuevos cuadernos de lomo de tela azul también se llenaron de historias. En particular recuerdo un intento de escribir una historia de policías, novela negra y todo eso. Hagamos un mínimo homenaje a aquellos personajes.


Pista de tenis

Mike cerró la puerta descuidadamente. Quince minutos y sin embargo ella ya estaba allí. Era odiosamente eficiente. Quince minutos, había tardado desde que le dieron el aviso, sólo quince minutos y aun así era el último.

- Hola Sarah – le dijo, intentando no demostrar que no tenía ni idea de cómo llegaba a las escenas del los crímenes siempre antes que él – ¿ya sabes exactamente dónde ha sido? – la única explicación es que tuviese un apaño con el de la central y a él siempre lo llamasen demasiado tarde, o eso o es que los mataba ella misma.

- No, te estaba esperando – le contestó ella.

“Ya claro, como soy tan lento”, se lamentó Mike para sus adentros, “¿cómo lo hará?”. Sarah, apagó el cigarro con la punta de sus pulcros zapatos de medio tacón negros más lustrosos que las botas que llevaba Mike cuando había estado en la armada de la Reina. Eficiente, claramente más inteligente que él, y encima siempre perfecta, con aquella piernas largas embutidas en medias sin ninguna carrera y una falda corta sin dejar de ser elegante. A veces la odiaba, con sus camisas de manga corta que en lugar de ocultar sus curvas de mujer, no sabía cómo, las realzaban y su pelo castaño con mechas recogido en una cola de caballo. Pero sólo la odiaba cuando no sentía quería convertirla en la madre de sus hijos. Antes o después tendría que pedir que le cambiasen el compañero, que así no podían seguir.

- Entremos – dijo ella, afirmando, no preguntando. Ella afirmaba, tenía el control.

- Entremos – confirmó él – así que un asesinato durante la Copa Davis.

- Eso parece – dijo ella mientras abría la puerta de las instalaciones del parque – por suerte no ha sido ninguno de los tenistas. El comisario nos ha pedido que no organicemos mucho escándalo, quieren que la competición pueda continuar.

- Diablos, siempre estamos igual – comentó Mike – a ver cómo nos apañamos para que no se llene todo esto de periodistas.

- Probablemente no podamos evitarlo – dijo ella sin llegar a esbozar una sonrisa, qué pocas veces la había visto sonreír – vamos, empecemos un día más de trabajo.


“Sí”, pensó Mike, “otro asesinato y otro día más de trabajo en el que te haré de comparsa de investigación, Sarah. Otro día más”. 

22.4.14

44.5

Apenas recuerdo a aquella niña que quería salir conmigo, tan sólo tengo claro que era más alta que yo, algo que nunca me ha gustado en una mujer, aunque por aquel entonces probablemente muchas niñas eran más altas que yo. Me parece que era morena y normalita de cara, no me acuerdo muy bien, lo que es seguro es que no me llamaba la atención. Estoy casi seguro que para entonces ya se me había despertado el apetito sexual. Recuerdo bien aquel momento. Fue repentino, temprano e inesperado. Mi primer objeto de deseo fue una castaña de piel tostada, de escasa camisa mojadísima arrodillada sobre la arena de una playa con cocotera incluida, que probablemente anunciaba alguna clase de ron. Estaba en una revista que escondí para poder acceder a mi castaña de piel tostada siempre que me apetecía, lo que era todo el rato. Tal vez por aquel anuncio al final las mujeres que más me atraen son las castañas de piel tostada, aunque lo cierto es que al final me aficioné al vodka y no al ron, pero eso es otra historia. Otra historia de mujeres, claro.

Así que para aquel entonces estoy convencido que ya se me había despertado el apetito sexual, pero no era algo que tuviese como… central. No sé, por aquel entonces era sobre todo un empollón gafotas, con la cabeza llena de los misterios del mundo, del alma, de la lógica y de la filosofía –por mucho de me apeteciese muchas veces la castaña del ron. Con todos aquellos temas dándome vueltas en la cabeza era también muy despistado. Recuerdo que un día de pronto me di cuenta de que vivía en el número 44 de mi calle. Eh… la idea de que no había pensado en que tenía un número, ya es… bueno, de andar muy mal, pero lo cierto es que encima los dos cuatros están en la fachada de mi casa, en blanco sobre azul marino bien claritos. Pues no los había visto, podéis creerme. Así de despistado soy. Por cierto, me gusta el número, 44, habrá que hacer algo con él. La cosa es que aquel día, en el club, al lado de la pista de basket recuerdo haber estado muy ensimismado, dándole vuelta alguna tontería como la existencia de dios, o el libre albedrío, cuando aquella chica me asaltó por sorpresa y me dijo aquello de que su amiga quería salir conmigo. Creo que la miré con asombro total y ella me la señaló, como si aquello lo explicase todo. La volví a mirar extrañado y le dije que no quería, que no estaba interesado. Pobre de mí, si hubiese sabido mi éxito posterior con las mujeres, me habría casado con aquella morena de cara normalilla demasiado alta. Recuerdo que la chica que me asaltó, de la que no recuerdo nada de nada -¿castaña?, ¿pelo ondulado?, un vestido corto tal vez- se acercó hasta su amiga para darle mi respuesta –creo que mi pretendiente llevaba un vestido oscuro- y aquella se puso a llorar. Inmediatamente empezaron a lloverme las críticas furibundas que rozaban las amenazas por parte de todo el círculo de amigas de la que me quería para salir.

Me cabreé mucho, pero no fue por las críticas y los gritos, sino por el llanto de ella. Ahí andaba yo pensando en la quinta esencia y de pronto una venía a hablarme de salir, tal vez hasta de ‘novios’ en ese sentido ridículo de los críos. Le había contestado lo lógico, que no, que aún no sabía si dios era omnipotente pero había decidido no intervenir para respetar nuestro libre albedrío o tan sólo era un cachondo – por cierto, si es que existe, ahora ya lo tengo claro, es un cachondo- y se había puesto a llorar. ¿Pero qué diablos era aquello? Lo siento chica, no era el momento. Como ya he dicho lo cierto es que debería haberme casado contigo.

21.4.14

Anillo Perdido

Para mi sorpresa, alguien ha subido una nueva versión de las aventuras del concurso de Microhobby. Donde para aumentar aún más la sorpresa ha aparecido algo que daba por perdido, la portada del Anillo creada por mi hermana en el 89:


Podéis comprobarlo por mi vieja foto:


Y por fin podemos comparar con la caratula que hizo para el Anillo 3 el amigo Urbatain:




44.4

¿De dónde habían salido todas esas naves y ese gusto por lo espacial? Pues realmente no lo sé. Recuerdo remotamente la serie Space: 1999, con esa improbable luna disparada hacia el espacio sideral como si fuese una de las naves de salto de Star Trek viajando a velocidad warp. Recuerdo a Maya, la alienígena que salía en la serie. Sin embargo mis padres me han contado que ya estaba enganchado antes a otra serie espacial, Thunderbirds, que era de marionetas. Al parecer hasta coleccionamos un álbum de los muñecos que aún anda por mi casa. He de reconocer que no recuerdo nada de aquello, pero claro, ni siquiera entiendo como puede ser dado que la serie acabó en la televisión británica cuatro años antes de que yo naciese. ¿Puede ser que desde la cuna me interesasen los cohetes y el espacio? Tal vez no, tal vez aquel álbum sea de una de mis tías o tíos y eso fuese lo único que vi. O tal vez si, tal vez es algo que lleve en los genes. Seré algo marciano, o friki del espacio, que es algo bastante parecido.

Recuerdo, desde luego, el primer Galáctica, y de ese sí que recuerdo haber hecho el álbum de cromos; pero claro eso es muy posterior, del 78. Más o menos de la misma época, y que también recuerdo como muy cercano, como algo que me dejó marcado fue La fuga de Logan. Pero ya me estoy acercando demasiado en el tiempo.

Después de aquellos comics o bosquejos de comics, recuerdo que hubo unos cuadernos de lomo de tela, pastas de cartón y hojas con finas líneas azules impresas. Eran unos cuadernos gruesos, un tanto bastos pero que me gustaban, era casi como tener tu propio libro, un libro de verdad, pero ansioso por ser escrito. Los primeros cuadernos recuerdo que se llenaron con historias completamente deslavazadas no muy diferentes de los pobres bocadillos de los tebeos, y con esa letra redondilla e impersonal que enseñan a los niños. Así de crío era. O al menos eso recuerdo con mi pobre memoria agujereada. Al tiempo que mi letra se iba afilando acercándose a mis amenazadoras agujas y garras de ahora, las historias empezaron a tener algo de sentido, estar hiladas como si mis letras agujas las estuviesen hilvanando.


Pero me estoy adelantando demasiado. Demasiado de las historias y muy poco de las mujeres, y he prometido que iba a mezclar ambas cosas. Mi primer recuerdo con las mujeres es haber rechazado a una junto a una pista de tenis. Fue cuando era guapo. Sí, hubo una temporada en la que era un chaval rubio de ojos claros que llamaba la atención. Supongo que estaba pegando el estirón y parecía flaco, y claro, aún no se me notaba separación de dientes y tenía todos los pelos. Supongo que era por eso, pero lo cierto es que una tarde en la que estábamos en un club al que íbamos, se me acercó una niña y me dijo que su amiga quería salir conmigo.

20.4.14

44.3

Pero, ¿por dónde empezar? Y sobre todo, ¿realmente de qué va a tratar este libro? Hay respuestas típicas, como ‘por el principio’ o como ‘de mí’, también hay respuestas grandilocuentes del tipo ‘en el fondo aquello fue el final, así que vamos a usarlo como principio’ o como ‘de mi búsqueda de lo que soy’. Pero, en realidad, no creo que haya ninguna respuesta… no, eso también es una frase hecha y grandilocuente, lo que quería decir, es que ahora mismo no creo que tenga ninguna respuesta ahora mismo. Como los coches de mi pueblo… maldita sea, de mi ciudad… como los coches de mi ciudad parece que ahora mismo esté perdiendo el control, o me suena así, aunque en realidad nada parece rápido ni fuera de su curso.

En realidad, lo que he escrito también es un arquetipo barato. ¿Realmente alguna vez tenemos alguna respuesta a alguna de las preguntas que nos importen de verdad? Lo dudo mucho. Pero nos inventamos historias, que nos vamos creyendo. Así que creo que de eso voy a escribir, de mis historias y de mujeres. Lo de hablar de mujeres es porque en el fondo es por lo que derrapo siempre, y con ello no quiero decir que derrapo por culpa de las mujeres, no. Eso sería normal, supongo que hasta sano, no. Lo que quiero decir es que derrapo por cómo las mujeres siempre me han ignorado.

Bueno, no siempre, hubo un tiempo en el que era guapo. Tal vez sea bueno empezar por ahí, o tal vez sería mejor empezar por revisitar alguna historia realmente antigua. ¿Qué más da? Historias escritas para mujeres y sin mujeres. No hay tanta diferencia.



El encuentro

La negritud del vacío interestelar no era más que una imagen en una pantalla. Hacía décadas que las naves del cuerpo de investigación no tenían ventanas, demasiado arriesgado para las naves que iban a los confines desconocidos y, tal y como demostraba la experiencia, se encontraban con enemigos desconocidos. Sin embargo la altísima definición y el contraste extremo hacía olvidar con facilidad que el espacio no estaba ahí mismo, apenas a unos milímetros de cristal de separación. Apenas a un impacto aleatorio de un proyectil bassül.

Mark estaba de los nervios. Llevaba diez años en el cuerpo estelar de investigación y era el único de su promoción que no lucía ni una sola línea dorada en su uniforme azul. Ni una sola misión de exploración coronada con un éxito significativo. Andrea ya lucía todo el juego completo en las mangas de su camisa, y tres estrellas plateadas en la solapa. Y hasta Iván, al que habían apodado ‘el ruso corto’ en la academia, había obtenido dos líneas doradas. Pero Mark parecía tener la peor de las suertes escogiendo sectores. Tras cada misión se sentaba en el gran panel central del astropuerto del cuerpo de investigación en órbita a Plutón, y escogía uno de los destinos decididos por los analistas. Todos prometedores, estrellas amarillas, planetas en la distancia adecuada, con trazas de agua y posible actividad electromagnética. Misión tras misión se sentaba en su nave bala de investigación y veía como la máquina generadora de agujeros de gusano, a la que todos conocían como el Gran Cañón, abría su sector. La aceleración inicial, la angustiosa sensación de deshacerse en moléculas y ya estabas. Se ponía en marcha el reloj y tres días antes del colapso del agujero. Un minuto de retraso y más valía que se te diese bien sobrevivir sin aire ni provisiones.

Diez años de saltos y su mayor éxito habían sido las ruinas de una civilización alienígena destruida por un asteroide antes de que hubiesen tenido la posibilidad de forjar el hierro. La galaxia estaba repleta de civilizaciones de las que poder aprender y que contar como aliados. Andrea lo había demostrado sobradamente y hasta Iván había conseguido abrir dos rutas de comercio; pero el guapo y brillante Mark, de lustrosa cabellera rubia, escogía siempre mal, y ya lo conocían en Plutón como el calvo gafado.  Los bassül eran su mejor oportunidad, ningún asteroide amenazaba con borrarlos de la galaxia en breve, y eran claramente una civilización avanzada a tener en cuenta. Podían ser una raya dorada o incluso una estrella con un poco de suerte y una manipulación adecuada de los informes. Pero los bassül también eran unos escamosos hijos de perra. Vete a saber cómo había logrado salir de su planeta con una tecnología que apenas superaba la máquina de vapor y los barcos de vela. Aun así habían colonizado los tres planetas de la franja habitable de su estrella, incluso el más cercano a la estrella, que era una endiablada bola de arena y lluvias corrosivas. Tres mundos bassül que en seguida se odiaron entre ellos y andaban disparándose entre ellos en el espacio con cañones hidráulicos disparados desde naves espaciales que parecían casi hechas de madera tal vez desde hacía cientos de años.
Durante la primera visita ni siquiera tuvo la oportunidad de entender que aquellas naves rudimentarias usaban radio analógica para comunicarse, radio como la de los tiempos de Marconi. La alegría de encontrar una civilización avanzada se acabó en cuanto un proyectil basto, una mera bola de metal se incrustó en el casco exterior. Suerte de que levantó el escudo y suerte, que las balas eran de hierro y el escudo las frenaba un poco o nunca hubiese llegado de regreso al agujero.

Durante la segunda visita cometió el error de fijar el agujero en el mismo punto que durante la primera visita. Una flota de naves le esperaba al otro lado. Al menos, aquella vez pudo confirmar que usaban radio antigua antes de huir por dónde había venido.

La tercera vez, lograron ocultar el agujero y la nave de investigación a la sombra del principal gigante de gas del sistema. Los bassül no lo descubrieron aunque a tenor de las conversaciones que interceptó estaban sobre la pista. En aquella visita pudo descubrir mucho de la historia bassül, de los tres mundos y de su guerra eterna. Aun así le costó mucho esfuerzo que el cuerpo mantuviese el sistema como un objetivo.
La cuarta visita había sido la más complicada de su vida. Hablar con cada bando, evitar ser encontrado todo el tiempo. Descubrirse sin ser descubierto, lo suficiente como para negociar su quinta y esperaba que última visita.

Pero ya estaba hecho, los tres representantes de los tres planetas se iban a reunir con él en órbita del mayor satélite del principal gigante de gas. Una reunión para fijar las condiciones de la ruta de comercio y con suerte alguna clase de alianza.

Ahí estaban, las tres naves, expulsando vapor por todas sus junturas toscamente remachadas, esperando que se uniese a ellas para mediar entre los tres planetas. Ya podía sentir el tacto de la línea dorada en la manga del uniforme.
***
El comandante está de buen humor. Todo ha ido como esperábamos y ya sólo falta un poco, tan sólo un poco, para alcanzar nuestro éxito. Ha sido complicado, laborioso y enrevesado, pero todo lo que merece la pena lo es. Y ahora, ya sólo falta el paso final. Puedo sentir sobre mí las aguas de la victoria mientras afilo mi sable como hacen todos los demás. El humano se tragó todo lo que le lanzamos, como si realmente los otros planetas hubiesen tenido alguna oportunidad de resistirse a nosotros. Ya se abre la puerta, la puerta de nuestra nueva nave repleta de más tecnología que incorporar a la nuestra. ¿Por qué los alienígenas son siempre tan confiados?

Junto a una pista de basket

Cuando era un crío ya escribía relatos, pero incluso antes hubo tebeos, o cosas similares con gérmenes de historias. No sé si aún se guardan en algún cajón, pero recuerdo vagamente haber dibujado naves espaciales, esquemas con todo lujo de detalles con su motor, sus compartimentos y demás, incluyendo personajes terriblemente mal dibujados con sus correspondientes bocadillos diciendo quién sabe qué tonterías. Incluso creo que aún debe estar en algún rincón un cuaderno verde con un comic con sus viñetas mucho mejor dibujado, probablemente porque lo haría mi hermana, que tiene mucha mejor mano, con los mismos personajes. En aquellos tebeos había un personaje completamente inventado por mí que se llamaba Investigador o algo parecido y llevaba una gran I en el pecho, a lo Superman. Sé que me llegué a disfrazar de él en alguna ocasión con una auténtica gran I en el pecho y una capa verde creo que sacada de un disfraz de rey mago. Tal vez haya vergonzosas fotos, aunque si las hay no las he visto en muchos años.


Así que mis primeros relatos eran ya de género. Ciencia ficción y superhéroes del espacio, así de rollo kriptoniano o star jammers, pero pronto diversifiqué. Supongo que nunca me he sentido cómodo siendo un autor de género incluso cuando me ponía una gran I en el pecho y me colgaba una capa de terciopelo verde. Valga el anterior mini relato como homenaje a aquellas primeras naves de mi imaginación.

18.4.14

44.2

No se trata de morriña. No. No soy una persona que añore el pasado, ni que viva en él, al menos no muy a menudo. No soy de esas personas que recuerdan una infancia ideal, llena de historias de fantasía, héroes, unicornios o mariposas. Tampoco es que haya tenido una niñez fatídica y oscura, ni nada parecido. Recuerdo un poco de todo: historias imaginadas que fueron el germen de mis escritos y también confusión, dudas y muchas quejas sobre mis despistes y mi torpeza. Me sentía un niño torpe, inútil para los deportes, pero no era triste, porque adoraba cosas que la mayor parte de los niños no. Cosas de mayores. Supongo que era un empollón, tal vez un niño algo repipi, o más bien redicho. Recuerdo haber leído un montón de libros ya en aquel entonces, primero cuentos de todas clases y luego obras para críos, justo antes de empezar a leer todas las obras de Julio Verne. 

Pero lo cierto es que no recuerdo gran cosa. La mayor parte de mi pasado está olvidado, desdibujado. Tan sólo sobreviven pequeñas islas, escenas sueltas pero significativas. Eso va a hacer más complicado escribir este libro. Tal vez lo haga imposible, pero qué más da. A fin de cuentas esto no es más que el efecto de andar derrapando una vez más, así que no importa si no se queda más que en unos párrafos pobremente hilados. Simplemente ha llegado el  momento de contar cómo los coches de mi pueblo derrapan sin derrapar cuando los santos bailan con las vírgenes. Pueblo no, ciudad. Tengo que acordarme.

Pero, ¿qué puedo contar en realidad? Siempre he querido escribir. No, no es eso. Siempre he escrito. Frecuentemente he tenido que escribir. No es algo que pueda dejar. No es algo que pueda evitar. Es parte de mí. La gente dice que no escribo mal, a algunos incluso les ha gustado mucho lo que escribo. Los editores dicen que no tengo suficiente gancho.  Probablemente no escribo lo  bastante bien, y tan sólo sea eso, pero a veces pienso que no he vivido suficiente. Recuerdo películas sobre escritores en los que se dice “un escritor sólo es lo que ha vivido”, recuerdo libros que he leído sobre escribir en los que los autores cuentan cómo es su memoria lo que conforma sus historias, lo que impulsa sus personajes; que no hay ni uno de ellos que no sea una transfiguración de ellos mismos o de alguien que han conocido. Muchos escritores parecen haber tenido una juventud loca, bohemia, repleta de errores, de fiestas y de tragedias interesantes de contar. Así que, ¿qué puede contar un empollón más bien formalito que encima tiene mala memoria? Un hijo mayor responsable con los recuerdos llenos de agujeros, como una película de celuloide vieja y quemada. No es tan difícil de responder: sólo puedo contar lo que he vivido y sólo aquello que pueda resultar mínimamente interesante. Probablemente no tenga nada vivido interesante, pero, al menos, tengo cosas que me han apasionado, para bien o para mal. Y eso es lo que intentaré que llene todas estas páginas.